Por: Juan Gabriel Vásquez

La guerra contra el cliché

El novelista Philip Roth no fue a recibir el premio Príncipe de Asturias. Fue el único ausente en la ceremonia; a cambio de su presencia física, mandó un video y un texto que fue leído por el embajador de Estados Unidos en España, el señor Alan Solomont.

 En el video, Roth da las gracias por el premio; lo hace con cortesía y caballerosidad, pero con evidentes ganas de terminar sus declaraciones lo antes posible para volver de una buena vez al trabajo. En medio de la impaciencia —la impaciencia que, lo digo de nuevo, no lo hace volverse maleducado o descortés, como les sucede a tantos—, Roth dice varias cosas que me interesaron, quizás por tocar de lado ciertos asuntos que se vuelven de actualidad en época de elecciones.

Permítanme una cita más bien extensa. “Soy un escritor estadounidense”, dice Roth. “La historia de los Estados Unidos, las vidas estadounidenses, la sociedad estadounidense, los lugares estadounidenses, los dilemas estadounidenses —la confusión, las expectativas, el desconcierto y la angustia estadounidenses— constituyen mi temática, como lo fueron para mis predecesores estadounidenses durante más de dos siglos. El habla estadounidense es mi argot. Si me detengo a pensar en mi público, el público en el que pienso es un público estadounidense. Por lo tanto, me ha dejado realmente sorprendido enterarme de que el público español también se haya fijado en mí; y lo que es más, un público español agradecido. ¿Qué pueden significar mis historias estadounidenses para los lectores españoles? ¿Cómo puede mi retrato de la vida de los estadounidenses en novelas mías como Pastoral americana, Me casé con un comunista o La mancha humana competir con la representación estereotipada, excesivamente simplificada de los Estados Unidos que nubla la percepción de mi país en casi todas partes? ¿Puede una obra de ficción estadounidense —escrita por mí o por cualquiera de mis más que dotados contemporáneos— penetrar en una mitología de los Estados Unidos que está arraigada, en tantos ámbitos, en una acérrima animadversión política?”.

Su sorpresa es fácil de entender, me parece: en Colombia, en España, en Francia, yo he escuchado a gente supuestamente sofisticada emitir opiniones sobre Estados Unidos que no se diferencian mucho de las que daría un talibán. Basta asomar la cabeza para darse cuenta de hasta qué punto el antiamericanismo barato —irracional, perezoso, acomplejado— domina la percepción que se tiene en el mundo de ese país esquizofrénico donde la estupidez política, el fanatismo religioso, la arrogancia y la insolidaridad conviven con algunas de las mejores cosas e ideas que ha producido la creatividad humana. Lo que me llama la atención, sin embargo, es que Roth crea o finja creer que los lectores de sus novelas son los mismos que tienen esa visión simplona de su país. Pero quizá no sea más que un recurso retórico: la pregunta que le sirve para darse una respuesta. “Sí”, se contesta Roth. “Una obra de ficción estadounidense seria es, efectivamente, capaz de atravesar la ignorancia, la mentira y la superstición sin sentido que generalmente se combinan para mantener a raya la enorme densidad de la verdadera realidad estadounidense”.

Que es, por otra parte, lo que ocurre siempre y en todo lugar con toda buena literatura.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Juan Gabriel Vásquez