Por: Cartas de los lectores

La guerra, enfermedad del alma

Con la agudeza que lo caracterizó, Sándor Márai postula en una de sus novelas que la guerra es mucho más que intercambios de ametrallamientos y de bombardeos con su secuela trágica de cadáveres y de mutilados, y que su escenario no es sólo el físico de los cuarteles y de los campos de batalla sino que, también y sobre todo, está en el alma de los combatientes.

Esta última parte de la reflexión de Márai parece encontrar comprobación en el comportamiento y en las expresiones de algunos de los actuales actores políticos colombianos.

Escuchar o leer las insensateces de personajes como Pachito Santos, o reparar en su delirante campaña publicitaria de las vallas del odio, resulta suficiente para coincidir con el narrador húngaro y reconocer que la guerra es un sentimiento, una sensación, aún más, una auténtica enfermedad que alimentada en el odio se apodera del alma de los combatientes.

Eso explica la crueldad, la inevitable degradación y la inhumanidad que se apodera del combatiente.

Pero Pachito no es ni será un combatiente. Sus arrestos no dan para tanto, como lo demuestra su actitud ante la propuesta de Castaño para que liderara el Bloque Capital de las Auc.

Tiene en cambio el talante y la capacidad suficientes para oficiar de atizador de odios y venganzas.

Por eso sus obsesiones, sus delirios, expresiones todas de que el espectro de la guerra se apoderó de su alma, de su cuerpo y de su mente, lo que explica su tan patético como enfermizo comportamiento.

Ómar Herrera Ariza. Bogotá.

Espionaje

El testimonio oral en radio, del periodista Glenn Greenwald de The Guardian, nos confirmó una vez más el espionaje que Estados Unidos ejerce hace años sobre el globo, siendo Colombia el segundo país del mundo objetivo militar. El Gobierno ha hecho mutis por el foro, dejando que esta falta tan grave se desvanezca por la vía diplomática. La canciller María Ángela Holguín dio unas pálidas declaraciones, más con miedo que con entereza, según su cara de perseguida. Que vergüenza, qué clase de dirigentes tenemos. Si hubiese sido Ecuador o Venezuela —que a lo mejor también nos espían—, ya estuvieran vociferando por todos los medios, desgañitados al mejor estilo chauvinista con una banderita de Colombia ondeando, reclamando soberanía.

Helena Manrique. Bogotá.

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