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Ignacio Zuleta 28 Ene 2013 - 11:00 pm

‘Gun Control’

Ignacio Zuleta

A la maloca del abuelo Zacarías llegó la planta eléctrica hace dos años, cuando Jacinto, el nieto bienamado, cumplía cinco. El resguardo, enclavado en uno de los pocos remanentes de selva primigenia del piedemonte caqueteño, está todavía lejos de las líneas eléctricas.

Por: Ignacio Zuleta

Pero no tan aislado como para impedir que el padre de Jacinto, un jayán indígena de apenas veinte años conocido como El Patroncito, diariamente les entregue a los paisas en el puerto del caño Wairayaco las arrobas de coca sembrada y raspada en los linderos del resguardo.

Con lo que El Patroncito había ganado, compró el generador para poder recargar el celular y para darse el gusto de ver televisión. Cuando había gasolina y la pantalla de la tele alumbraba con colores, al viejo Zacarías le dolía que esos fantasmas de pistoleros y de putas que sus nietos miraban como embarbascados se aparecieran en lo que antes había sido el conversadero de su familia extensa. El viejo, hijo de dos generaciones de cristianos, supo que a pesar de sus plegarias y su buen comportamiento, esta vez el demonio se le había metido fatalmente al rancho.

Este seis de enero lo estaban celebrando con guarapo y cacería. Cazaron un churuco que ya despellejaban arriba en la cocina. La calibre doce estaba recostada en la escalera mientras los niños jugaban en el patio de los caimos. Jacinto, de siete años, y su primo Jael, de apenas ocho, se perseguían con fusiles recién hechos a partir de la leña de la estufa de la abuela. Corrían, se disparaban con pum-pum gritados, se decían «guerrillero» o «raspachín» y se escondían tras los timbos de plástico, tal y como habían visto en las películas. Se montaban en su motocicleta imaginaria y continuaban. En medio de los juegos Jael descubrió el arma.

Zacarías fabricó una especie de morral con una sábana y amarró al herido a su espalda para llevarlo al puesto de salud a tres horas de camino. Los gemidos de Jacinto no salían por la boca, sino por un boquete del tamaño de un puño en la mitad del lomo. La sangre iba llenando las botas del anciano. Cuando llevaban una hora de fatigar la trocha, su mujer, también embadurnada con la sangre del churuco que estaba despresando cuando sonó el estruendo, lo detuvo. El niño estaba muerto. Se devolvieron. El viejo se sentó a llorar en una piedra mientras desocupaba las botas pantaneras y le pidió a un conocido de la zona que se adelantara para avisarle a toda la familia y rogarles que fueran preparando el velorio de Jacinto.

El Patroncito consiguió un ataúd blanco, en el que acomodaron al niño después de que las mujeres lo arreglaron. Había mucho aguardiente, anduche y carne de churuco. Aprovechando la distracción de los acompañantes y la borrachera del padre del finado, el abuelo, con ayuda de otro anciano, sacó la planta eléctrica y el televisor a un escampado lejos de la casa y los destrozó a punta de tiros de trabuco.

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