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Héctor Abad Faciolince 24 Nov 2012 - 11:00 pm

Gustos y disgustos de un senador

Héctor Abad Faciolince

Hace poco decidí que vería siempre el vaso medio lleno cuando el agua estuviera en creciente, y medio vacío cuando estuviera en menguante.

Por: Héctor Abad Faciolince
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Con relación n cómo considera la sociedad colombiana a los homosexuales, creo que en los últimos decenios hay una tendencia creciente de quienes pensamos que lesbianas y gays tienen tanto derecho como los heterosexuales a vivir abierta, alegre y libremente sus preferencias. Recuerden que hasta 1982 ser homosexual era delito en Colombia. Y consideren esto: mientras esta semana en el Congreso colombiano se discute si los homosexuales tienen derecho a contraer matrimonio o no, en el Parlamento de Uganda la discusión es si la homosexualidad debe castigarse o no con la pena de muerte. Allá los gays que viven como tales se exponen hoy a la cadena perpetua, pero fanáticos religiosos como el reverendo Martin Ssempa, consideran que ese castigo es poca cosa y que a los homosexuales hay que someterlos a un tratamiento para que se curen, y si no se curan, hay que matarlos (http://nyti.ms/R52f3L).

Comparado con Ssempa, el senador Roberto Gerlein parece un filósofo iluminista. Pero comparado con la sociedad en la que vive, el senador Gerlein no es más que un dinosaurio anclado a los años de su lejana juventud. Él cree que todavía “dos terceras partes de los colombianos” piensan como él, es decir, que las relaciones sexuales entre dos hombres son “sucias, asquerosas y excrementales”. Para defender su exabrupto, el senador Gerlein cita la Biblia, y amparado en el “creced y multiplicaos” del Génesis dice que el sexo sin procreación de los gays va en contra de las enseñanzas divinas. A continuación, sin embargo, con ojitos lascivos y con una lógica que envidiarían los tontos, afirma que el sexo entre dos mujeres no le molesta. Su disgusto, aclarará al día siguiente a Blu Radio, y su asociación con los excrementos, se refiere al sexo anal, que el senador encuentra abominable incluso entre parejas heterosexuales.

No niego que el senador Gerlein, y cualquier ciudadano, puede sentir disgusto ante muchos tipos de prácticas culturales. Hay quienes encuentran repugnante el mondongo, o las criadillas fritas, o el queso azul. Yo en particular no encuentro muy agradables ni el fist-fucking ni el teatro vanguardista, pero de ahí a pensar que hay que prohibir esas extrañas prácticas o declarar asquerosos a quienes se ejercitan en ellas, el paso es muy largo. Allá ellos, que hagan lo que quieran si son adultos responsables.

Un poco más actualizado en asuntos de neurociencias, el senador Gerlein afirma, y en esto probablemente tiene razón, que la homosexualidad es genética; es decir, que el gay nace y no se hace. Al decir que es genética está diciendo que es natural pues nada más natural que esa entidad biológica, los genes, pero a continuación (con eso que en lógica se dice un non sequitur: era de noche y sin embargo llovía) afirma que aunque es genético, es decir innato, también es innatural, y para demostrarlo su único argumento es la tautología: es innatural porque va en contra de la naturaleza. Se ve que el senador conoce poco el mundo natural pues en la naturaleza hay de todo: peces que cambian de sexo según la conveniencia, micos sodomitas, insectos que copulan consigo mismos…
En cuanto al sexo estéril, tengo amigas lesbianas que les han dado hijos a amigos gays con el sencillo uso de una jeringa. Dirá el senador que la jeringa no es natural, y tendrá razón: tampoco su traje, su chaleco y sus cargaderas son naturales, pero el senador no se los baja. El ser humano es un animal cultural, y por cultura se entiende los conocimientos y prácticas que vamos cambiando a lo largo de la historia. La humanidad ha pasado de quemar a los homosexuales, a tolerarlos, y ahora a respetarlos y darles los mismos derechos que a la mayoría. El senador Gerlein, al menos, ya no los quema; según dice, los tolera, aunque le repugnen. Algo es algo: su vaso va en creciente, se está llenando.

 

  • Héctor Abad Faciolince | Elespectador.com

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