Por: Fernando Araújo Vélez

Había que esconderlo

Aquellos casetes pasaban de mano en mano, cada vez más gastados, más usados. Las cintas se transparentaban y se revolvían hasta que no quedaba casi nada de grabación.

Lo que alguna vez habían sido las voces de Silvio Rodríguez, de Pablo Milanés, Santiago Feliú o Noel Nicola, se transformaban en chiflidos con guitarras que parecían cítaras desafinadas o quejidos de pajaritos. Los 60 minutos originales disminuían a 40, a 20, a 5, hasta que acababan en un baúl olvidado, uno encima del otro, cada uno con sus miles de historias. Historias de amor, tal vez. Historias de represión, de euforia, de anhelada libertad, de sepultada libertad.

El primero llegó vía La Habana, o por lo menos el primero que Vicente escuchó. Ojalá, La canción del elegido, Óleo de mujer con sombrero, La familia, la propiedad privada y el amor. La voz aguda de Silvio Rodríguez, tan aguda que en las universidades y en los bares se discutía si era hombre o mujer. De cualquier forma, era distinto. Diferente a todo lo que sonaba por aquellos tiempos. Había fusiles, había disparos de nieve, había muchachas de casas decentes que no podían salir por lo que dijeran de ellas el domingo en la misa. Había cobardías que eran asunto de los hombres, no de los amantes, y había luces cegadoras.

Era distinto y había que esconderlo cuando la policía hacía sus requisas de rigor y arbitrariedad en la Colombia no tan vieja de Turbay y compañía, en la Colombia del estatuto de seguridad. Había que esconderlo porque cantaba de revoluciones, porque decía Cuba y pronunciaba Che. Sus discos no llegaban a los estantes románticos de las disqueras de aquellos años, y menos, a las emisoras de radio. Su imagen era una incógnita, una especie de mito. Para algunos era un mechudo de barba larga. Para otros, un lampiño con rostro de funcionario. Pocos sabían que se había ido a Angola con un fusil a hacer la guerra contra el imperialismo unos años antes, en el 76, y que durante dos años vivió en un barco para conocer a los pescadores en su mundo. Se decía que había hecho parte de la Revolución cubana. Se decía que viajaba por América a hacer más revoluciones. Se decían muchas cosas. Por eso había que esconderlo.

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