Por: Gustavo Páez Escobar

Hacia una Colombia mejor

Colombia no está en la boca del lobo, como dicen los pregoneros de desastres. Ni frente a un despeñadero. Las voces apocalípticas que buscan nutrir sus propios instintos con fines egoístas y electorales no hacen otra cosa que falsear la realidad nacional para presentar al país al borde de la catástrofe.   

Como lo manifiesta el general Óscar Naranjo en su entrevista con Yamid Amat, su mirada al país le hace recordar los 260.000 muertos y los ocho millones de víctimas dejados por la guerra. Hace memoria de las 3.800 personas secuestradas a finales de los años 90, y de los policías asesinados (uno cada 36 horas) durante el tiempo en que fue director de la Policía. Hoy, esa ola de secuestros y asesinatos es historia del pasado. “Creo —dice— que la dejación de las armas ya hizo de este proceso un hecho irreversible”.  

Entramos en la etapa de la paz. Serán muchos los obstáculos que aparecerán en  el camino de las confrontaciones políticas. No obstante, la inmensa mayoría del país siente los aires de la reconciliación y percibe los beneficios de este pacto sorprendente que le cambia el rumbo a Colombia. A medida que el tiempo transcurra, se verá el surgimiento de un país nuevo que lejos del estallido de las armas ha de florecer en los campos social y económico.

La llegada de la paz nos toma de sorpresa a los colombianos, porque estábamos acostumbrados a la guerra sin fin. Somos hijos de la guerra. Y víctimas del terror y la maledicencia. La apatía nacional, la desinformación, el torrente de rumores y mentiras propagados por las redes sociales, el auge de las amenazas y los miedos, los mensajes de ira y destrucción crearon una atmósfera enrarecida y bárbara. Colombia se volvió indescifrable.

Todo esto es lo que debe cambiarse. Las palabras de monseñor Luis Augusto Castro al retirarse de la Presidencia del Episcopado representan una urgencia inaplazable: “Tenemos que perdonarnos y reconciliarnos. Ahora que las Farc se desarmaron, tenemos que desarmar nuestros corazones”.

En medio de este turbión de noticias fatídicas y perturbadoras, muchas voces se han expresado desde los espacios de opinión con serenidad, mesura y raciocinio. En sentido contrario, abundan las columnas explosivas, guiadas por la pasión y el ánimo aniquilador. El derecho a disentir es uno de los dones más preciados de la democracia, pero debe ejercerse con altura y respeto. En la sana controversia sobran las palabras hirientes y los juicios exacerbados.

Por desgracia, este es el ambiente que hoy se vive al entrar el país en la etapa del posconflicto. El periódico El Tiempo, en su Manual de redacción que acaba de promulgar, hace esta recomendación a sus periodistas: “Cuide el lenguaje para que no escinda, estigmatice, generalice o divida”.

Es cierto que con el acuerdo firmado con las Farc no se obtendrá la paz absoluta. Sin embargo, mucho se ha avanzado. Y se seguirá avanzando. Habrá que ajustar algunas piezas dentro de los mecanismos establecidos, pero los puntos centrales de la negociación, que ya se encuentran en marcha, garantizan que las condiciones están dadas para que al fin Colombia salga de la horrenda noche luego de 53 años de lucha fratricida. 

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