Por: Reinaldo Spitaletta

La Haya y la oligarquía

Miembros de la rancia oligarquía colombiana, ante el inapelable fallo de la Corte Internacional de Justicia de La Haya, han salido a rasgarse sus vestimentas y a exhibir un patriotismo que jamás han sentido.

Las declaraciones de algunos de ellos, con síntomas chauvinistas, llaman a desconocer el fallo, en una auténtica demostración de patanería y negación del derecho. Uno en particular, expresidente y todo, se retuerce y convoca al desacato.

El fallo, que modificó el mapa nacional e internacional, enteró a muchos que Colombia había tenido 75.000 kilómetros de mar, que ahora ya no son suyos, y que no había dado muestras de preocupación por él. O sí, cuando se enteró de que petroleras internacionales tenían por allí fijados sus intereses, y, como la historia lo ha indicado, se sabe que este país ha sido dadivoso con las transnacionales y poco ha hecho por hacer respetar la soberanía, cuando son, por ejemplo, maniobras estadounidenses las que están de por medio.

Ante la injerencia de petroleras extranjeras en esos 75.000 kilómetros de mar territorial, ¿cuándo se escucharon protestas del gobierno nacional? Más bien, fueron grupos ambientalistas y lugareños de San Andrés, los que presentaron repulsas para que no lo transmutaran en un reguero de crudos. Y ahora, entonces, ante el fallo de La Haya, se reactivan patrioterismos y se llama, incluso, a dejar allí a la armada, en un típico caso de respuesta belicista, tal como lo ha expresado, entre otros, el expresidente Uribe, que, por si acaso lo ha olvidado, avaló en su gobierno a la Corte de La Haya para asuntos de la delimitación marítima con Nicaragua.

Y mientras los nicaragüenses ya invitan a Colombia a que se lleve sus fragatas, los sanandresanos, que además saben y padecen que el gobierno colombiano es poco lo que por ellos ha hecho (¿dónde están los hospitales, las universidades, un aeropuerto adecuado, la inversión social?), ya comenzaron sus cuestionamientos. Voceros políticos, como el representante Jack Housni, han dicho que el fallo “es el resultado de un mal proceso liderado por el excanciller Julio Londoño, porque lo llenó de secretos, no le informó al país durante once años cómo estaba avanzando el proceso”.

Ahora que sectores oligárquicos derraman lágrimas de cocodrilo, es interesante hacer un repaso de algunas actitudes entreguistas suyas y de la desmembración que el país ha sufrido en doscientos años. El caso más sonado fue el de Panamá, en 1903, cuando el gobierno colombiano se postró ante Washington y permitió el cercenamiento. Todavía resuenan en la historia, las palabras del cazador y expansionista Teddy Roosevelt: “I took Panama”. Después, el gobierno de Concha (el canciller era Marco Fidel Suárez) entregó parte del territorio al norte del río Amazonas al Ecuador, en 1916, en plena época de la Danza de los millones. Ah, y Marco Fidel Suárez, el que decía que Colombia tenía una estrella guía, Estados Unidos (la política del Respice Polum) concedería a las petroleras de Rockefeller la riqueza nacional. ¿Y qué tal la actitud de “donar” al Perú y en especial a la angloperuana Casa Arana (cuyas tropelías denunció José Eustasio Rivera en La Vorágine), parte del territorio amazónico, en los tiempos del presidente Pedro Nel Ospina?

En los días de Laureano Gómez y Roberto Urdaneta se “regalaron” a Venezuela Los Monjes, ricos en yacimientos petrolíferos. Así que no ha sido poco lo que el club de privilegiados que desde hace casi doscientos años domina la nación, ha subastado. Nunca se les ha visto enarbolar las banderas de la soberanía, y menos cuando se trata de requisitorias norteamericanas o de las transnacionales.

El fallo de La Haya ha puesto a algunos a sondear en la historia, lo cual no deja de ser positivo, y a otros, en particular a vociferantes politiqueros, a desempolvar discursitos con “dolor de patria”. La decisión de la Corte Internacional de Justicia, que no tiene reversa, no puede servir para reencauchar populismos desechables y convocatorias guerreristas. Es más una oportunidad histórica para preguntarnos: ¿en manos de quién ha estado este país durante tantos años?

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