Por: Juan David Ochoa

Las herencias de Duchamp

Se ven ahora extravagantes, estrafalarias, impuestas en un tono máximo de irreverencia súbita y sin causa, las nuevas corrientes del arte que en cientos de eventos y museos del mundo pretenden conmover desde los últimos recursos de lo alterno, soportadas en los ya vetustos residuos de un surrealismo que en los tiempos de Breton, en esa logia afortunada y deslumbrante de los revolucionarios con talento, fue necesaria y vital en la renovación de los esquemas.

Pero ahora expelen la simpleza y la vulgaridad de su cansancio, después de que la misma corriente de los súbditos de ese Papa francés, terminó por exprimirlo todo hasta el desembocamiento en esta desesperación que apela ahora a la estratosfera de los absurdos para conmover al público del hambre.

Quien empezó el radicalismo de la extravagancia fue Marchel Duchamp. La rebelión contra los viejos parámetros del arte anticipaba la máxima de Dino Formaggio “el arte es todo lo que el hombre llama arte”. Desde esa puerta abierta a la extrema experimentación, las leyes que habían sucedido sus ciclos a revoluciones imperiosas, como el Renacimiento sobre el fuego del sectarismo religioso, como la rebelión del Rococó sobre el Barroco, como lo hizo Warhol, también, tiempo después en las primeras reacciones del arte pop, intentando liberar la especialización y la encriptada intelectualidad de los conceptos en una fresca representación de la modernidad, se vieron de repente lanzados al abismo sin fin de las licencias. Empezaba a ser pragmática la teoría de Duchamp al incitar el reemplazo del arte físico-visual por el gobierno de la mente sobre los objetos. La mente tendría que alcanzar su autonomía en la interpretación de las obras que vendrían a tronar con sus imposiciones desde la herencia del famoso Orinal que el mismo Duchamp propuso como obra artística en una galería Neoyorkina, un literal orinal desprendido de su tubería y expuesto a la especulación del mundo, que no sabía aun si sonreír o escupir ante el nuevo paradigma propuesto por un gurú de renombre.

La lista de los ready- mades, como fueron bautizadas las exposiciones por el padre de la rebelión como una afrenta a la pomposidad, se extendería en el tiempo con el mismo tono y con el mismo sarcasmo. Lo haría mejor, años después y entre lo discutible, Piero Manzoni con su serie “Mierda de Artista”, mierda enlatada como antítesis del ego y del prestigio creador.

De pronto el arte en sus vertientes más polémicas se vio envuelto en una confusión previsible; la de la rebelión frente al talento. Y esa antigua línea delgada de la maestría que se sostenía en una obra palpable, defendiéndose ajena a la especulación, se dilata ahora más en las suposiciones.

Lo molesto no es la irreverencia, ni el uso de excrementos, ni el orinal, tan simbólico y central en la estructura humana. Lo molesto es el exceso de idealización en el que cae siempre el público servil a los iconoclastas. La mayoría de las obras contemporáneas no suelen ser más que la imaginación desatada en las posibilidades de la significación. Ya lo venía repitiendo insistentemente el filósofo Carl Popper “Los artistas ya no son creadores, son propagandistas organizados como verdaderos partidos políticos”.

 

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