Por: Gustavo Páez Escobar

Héroe del mar y la grandeza

Nunca imaginó Eric Thiriez que el viaje que el 7 de abril inició en su velero Saquerlotte a República Dominicana sería el último de su vida. Iba en compañía de  Frank Camacho, Roberto Reyes y Luis Miguel Herrera, el piloto. Como capitán actuaba el propio Eric, legendario lobo de mar. De República Dominicana seguirían a Europa, en un periplo de varios meses.

Francisco José Aldana, viejo amigo suyo y compañero en más de 100 travesías marítimas en los últimos 20 años, lo había acompañado a Europa, 6 años atrás, a comprar el velero que ahora zarpaba, altivo y majestuoso, desde el Club de Pesca de Cartagena. La embarcación, fabricada en aluminio y cruzada por una franja verde, tenía una longitud de 16 metros. 

Con su aliado irrestricto de tantos recorridos había planeado la nueva aventura en forma minuciosa. Lo esperó durante 3 días, mientras Francisco José resolvía alguna dificultad de última hora, pero a la postre tuvo que partir sin él. Un capricho del destino dispuso esta misteriosa separación en cercanías de la muerte.

Eric, ingeniero mecánico francés, llegó a Cartagena en 1970. Venía desde Suiza con su esposa Loredana. Como enamorado del mar, hallaba en la Ciudad Heroica el paraíso ideal. Dentro de esa tónica, fue profesor de física y matemáticas de la Escuela Naval de Cadetes Almirante Padilla.

En 1980 fundó su propia empresa, relacionada con el agua. Se llama Etec, y se  dedica a la fabricación de bombas. Tiene ramificación en más de 32 países del mundo y está especializada en el manejo de grandes volúmenes de agua. En el 2010 Eric contribuyó, en forma silenciosa y con hondo sentido cívico, a evacuar el agua que inundó varios pueblos debido al rompimiento del Canal del Dique.

Hacia las 9 de la noche del día del zarpe, bajo un temporal dantesco donde el viento corría a 35 nudos y las olas se levantaban a 7 metros de altura, se averió la quilla de la embarcación y el agua comenzó a penetrar a raudales. La oscuridad era absoluta. La confusión, pavorosa. El velero estaba a unos 100 kilómetros de Cartagena, entre Galerazamba y Barranquilla.

Uno de los tripulantes, Frank Camacho, logró comunicarse con su esposa para informarle que el velero se hundía a merced del mar embravecido. Con la alarma, vino el rápido movimiento de los sistemas de salvamento. Solo hacia las 11 de la mañana del día siguiente, al ser divisados por miembros de la Armada varios puntos color naranja que salían de los salvavidas, fue localizado el grupo de los náufragos. Los tres acompañantes se sostenían a flote, y faltaba Eric.

Lo último que supieron de él fue que se quedó en el bote, mientras ellos utilizaban los salvavidas. El mar —colosal, fascinante, estremecedor—, que le corría alma adentro con cantos de sirena y voces de grandeza, lo atraía y lo arrullaba. Era su razón de ser. Bajo el embate de las olas, hizo del mar su morada eterna.  

Mi hijo Gustavo Enrique viajó hace 15 años en otro velero de Eric Thiriez, llamado Alegría Cartagena, desde San Andrés hasta las Islas San Blas, en Panamá. Iba con su compañero de trabajo en Codensa —el otro Eric Thiriez— y 3 personas más. El mando de la nave lo ejercía, por supuesto, el lobo de mar. El regreso fue a Cartagena, y el viaje total se realizó en 6 días.

El capitán era muy estricto con la planeación de los viajes, el manejo del agua potable y el empleo de todos los recursos disponibles. Llamaba la atención su habilidad para cocinar. Su función era múltiple: capitán, mecánico, cocinero y conocedor del mar.

Al salir de San Andrés se rompió una pieza clave de la vela mayor, y por eso tuvieron que regresar al puerto. Él diseñó la pieza en un papel, envió el plano a Cartagena para que su empresa la elaborara, y al día siguiente reanudaron la marcha. Ahora, el suceso trágico me hace compenetrar con el alma del velero Saquerlotte. Con el espíritu del lobo de mar.

Mi hermano Jorge Alberto, que se retiró de la Armada colombiana como capitán de navío luego de 38 años de servicios (especializado como submarinista, buzo táctico y buzo maestro salvamentista), define en su libro Bitácora de ensueños al marino de corazón (en este caso, Eric Thiriez): “Ser marino es entregarse sin palabras a las mil y una estrellas del universo y depositarlas en el cristal del alma”. 

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