Por: Nicolás Rodriguez

Héroes (con capa y sin capa)

Con pancartas, propagandas y hasta correos electrónicos, la publicidad oficial suele pintar a los militares como héroes. Lo que quiere decir, si nos atenemos al diccionario, que son ilustres por sus hazañas. Que son virtuosos y protagonizan acciones heroicas. En su versión más extrema, incluso, que tienen como mínimo un padre que no es humano. Luego que están por fuera de lo terrenal.

Por supuesto, es apenas lógico que los militares sean tratados como héroes. La propia izquierda colombiana suele pasar por alto en su activismo contra el ejército que entre menos favorecida socialmente, más probabilidades tiene una persona de terminar en el campo de batalla. La supuesta solidaridad de clase encuentra sus límites ahí en donde arrancan las loas al ejército (y eso para no hablar del terrible “si no quiere ser Policía, estudie”, que cretinamente se usa en marchas y protestas a favor de la justicia social).

Ahora bien, esto de convertir a los militares en héroes tiene todo un lado oscuro y debatible que sus mayores admiradores (si no es que reales beneficiarios) saben aprovechar. En el tema del fuero militar, por ejemplo, llama la atención que el editorial del portal Contexto Ganadero (desde donde sus editores prometen “una lectura rural de la realidad colombiana”), promueva una defensa del “derecho de nuestros héroes a un sistema de justicia que reconozca su realidad y garantice sus derechos”.   

Como ya se nos ha explicado (e igual a muy pocos en el Congreso parece importarles), no hay razones jurídicas de peso para suponer que los militares corren riesgos en una justicia ordinaria. Y las que existen, de cualquier forma, son remediables sin una reforma como la propuesta por el Gobierno. Por el contrario, las que no han sido suficientemente cuestionadas son las implicaciones del valor moral que la calificación de “héroe” le agrega a toda la ecuación. Pues a los héroes, de los que hasta el sacrificio se espera, poco o nada se les puede exigir.

Por lo demás, también es cierto que los militares son los primeros interesados en que la ciudadanía no considere que la propuesta del fuero militar esconde la posibilidad de algún tipo de impunidad. Desde que la administración de Samper (acaso para congraciarse con los Estados Unidos) abrió la primera oficina de derechos humanos adjunta a las fuerzas militares, en 1994, mucho es lo que se ha avanzado en esta materia. Los más críticos podrán considerar que en la filas castrenses los derechos humanos no son otra cosa que una simple bandera (una más), pero lo cierto es que incluso el comportamiento al interior de la tropa se ha visto modificado. Como bien lo explica la antropóloga Winifred Tate en su libro sobre el activismo de derechos humanos en Colombia, hubo un tempo en que una paliza a un oficial bien podía ser considerada un castigo. Hoy, en cambio, se hablaría de tortura. 

 El punto es que al ejército le iría mejor del lado de las más recientes reglamentaciones internacionales sobre la guerra y la violencia. Las mismas que se oponen, es evidente, al fuero militar. Lo que está promoviendo el Gobierno, al tiempo que les dicta cátedra sobre Derecho Internacional Humanitario a los grupos armados, es una patraseada. Si la figura del héroe hace parte de nuestro diccionario político, con el fuero militar su publicitada estatura moral solo decrecerá. 

[email protected] 

 
Buscar columnista

Últimas Columnas de Nicolás Rodriguez