Por: Rodrigo Lara

Lo hicieron mártir

Las declaraciones de la alta consejera para Bogotá sobre el problema de las basuras convirtieron a Petro en mártir de los más pobres. La anunciada campaña de revocatoria de su mandato promete beatificarlo.

Petro, al igual que Uribe, cuando se manifiesta públicamente, no se dirige a los columnistas, ni a los directores de medios ni a los estratos más altos de la sociedad. Ambos se dirigen a las franjas de la población que votan por ellos, como quedó demostrado en la reciente rendición de cuentas del burgomaestre.

Las bien intencionadas declaraciones de la alta consejera Gina Parody, en las que anunciaba la posible intervención de la Empresa de Acueducto de Bogotá, gestaron una oportunidad para que el alcalde se apersonara de una confrontación ideológica y de clases, en la que Petro brilla por su talento dialéctico. Crearon el escenario perfecto para entregarle una bandera de defensa de los más pobres y del interés público, que estaría amenazado por el gran capital, al que tildó incluso de paramilitar.

La campaña de revocatoria, si bien conlleva una amenaza para la continuidad de su administración por la vigencia de nuevas reglas de revocatoria más ligeras, tendrá por efecto polarizar a la ciudad. Un escenario de legitimación del mandato del alcalde y de razón de ser que le permitirá pasar a segundo plano las eventuales desavenencias administrativas de su cuatrienio.

Más allá de atornillar o no a Petro en la Alcaldía, el riesgo de una campaña de revocatoria es que distrae las energías de la ciudad en una rencilla infértil y lesiva para los intereses de la capital. Una confrontación que absorberá los esfuerzos de nuestros responsables públicos, que servirá de fuente de controversias para nuestros magazines radiales de todas las mañanas, pero que no le aportará nada productivo a Bogotá.

A largo plazo se corre el riesgo de envenenar el diálogo social. Si se polariza la ciudad en una batalla interpretada como una lucha entre el capital y los sectores trabajadores y desfavorecidos de la ciudad, es muy posible que estemos abriendo la puerta a escenarios de confrontación similares a los que observamos en las elecciones de Venezuela y de Ecuador.

El presidente de la República se ha mostrado sensato y ha buscado apaciguar las aguas. De nada le sirve al Gobierno abrir un frente de batalla con una administración local que maneja un presupuesto gigantesco y que emplea 65 mil personas. En últimas, el Gobierno tiene como prioiridad dejar una huella de obras y realizaciones en la capital, el deseo de cualquier presidente que busca ser recordado en el tiempo. Por sus obras los conoceréis.

Tal vez lo más sensato es entender que el electorado bogotano ha cambiado. Ya no se eligen cómodamente alcaldes con columnas de opinión favorables. En una ciudad tan desigual se ha forjado una conciencia electoral en las clases desfavorecidas que ya no son dóciles en el voto, que perdieron el temor reverencial y que ya no sufragan a ojo cerrado por los candidatos del norte y de los editoriales. Confrontar esa realidad es desconocer la democracia y convertir en un polvorín a una ciudad que necesita lucidez para entrar, finalmente, en el siglo XXI.

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