Por: Juan David Zuloaga D.
ATALAYA

Historia de una barbarie

La historia viene a mi memoria, de tanto en tanto, para ilustrar la miseria de nuestro tiempo con toda su triste elocuencia.

Conservábamos aún, los que aún leíamos libros e íbamos a la biblioteca a estudiar, en aquel entonces, un pequeño reducto que permanecía a salvo de la algarabía incesante e irrespetuosa de quienes iban a la biblioteca a conversar y a hacer visita. Ese pequeño reducto, minúsculo y que por eso mismo había sabido pasar inadvertido, ese pequeño cubículo en el que cabíamos unas cuantas personas, había sabido resistir con bizarría el embate bestial de las hordas bárbaras que apoderarse de todos los lugares querían, hasta de los más sagrados como era aquel recinto en el que, silenciosos, se reunían unos cuantos lectores de otro tiempo a estudiar.

Poco después de la historia que narro ese lugar recóndito y secreto, ese pequeño paraíso de los lectores, desapareció por el consejo de no se sabe bien qué ignaro o qué imbécil que recomendó (y hasta impuso) quitar la puerta que resguardaba a los lectores del inclemente ruido de la sala contigua. Pero eso fue después. Antes fue esta mañana, en la que una comitiva de bibliotecarios (esas personas cuyo oficio en otro tiempo era leer libros y que hoy se limita a entregarlos), vino a interrumpir nuestro ensimismamiento y nuestro silencio con una reunión que habían organizado en ese recinto que aún era de respeto y de lectura, y de silencio y hasta de devoción. Con la cordialidad que pude le pedí a la vocera de la convención de bibliotecarios que tuviera la gentileza de dejarnos trabajar. En lugar de huir avergonzada con su séquito de bárbaros funcionarios con el que se reunía en el único espacio que todavía tenía esa prestigiosísima universidad para la lectura y para el recogimiento y para el silencio, en lugar de emprender una afanosa retirada ante mi educado reclamo, me respondió que no me preocupara, que intentaría bajar la voz.

En idéntica tónica, hace un par de semanas, estando en la biblioteca de una de las universidades en donde soy profesor, intentando trabajar en una sala que es para profesores y donde reinan la tranquilidad y el silencio (o donde deberían reinar; vamos a ser realistas), irrumpió sonoramente una bibliotecaria a hacer visita y a invitar a almorzar a su comadre (otra funcionaria que trabajaba en la sala de profesores). Educadamente le recordé que estaban en biblioteca y en lugar de guardar respeto y silencio me tomó del hombro con familiaridad y condescendencia y me preguntó si era yo el profesor que se había quejado por el ruido de la sala. Respondí que no, pero que intentaba trabajar. Ella repuso que estaban buscando una solución porque la sala se había convertido “en algo muy social”; asimismo me lo dijo, sin que se le cayera la cara de la vergüenza.

No podía creer su cinismo ni puedo encajar aún su insolencia. Pero de cualquier modo, la desfachatez de esa funcionaria muestra con toda la elocuencia posible que hay personas que no han entendido un carajo. O personas que, en todo caso, no han entendido qué es una biblioteca: un lugar sagrado para honrar el silencio.

@Los_atalayas, [email protected]

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