Por: Carlos Granés

Hobsbawm y la vanguardia

Entre las muchas sorpresas que arrojó el siglo XX, la más curiosa fue el rol que asumieron los artistas.

Liberados de los poderes políticos y eclesiásticos, poetas y pintores dejaron de ocuparse de problemas estéticos para intentar, al igual que los revolucionarios, transformar la sociedad y al ser humano. Los vanguardistas quisieron crear una nueva manera de mirar el mundo y nuevas formas de vivir. Mientras los revolucionarios intentaban cambiar el mundo con doctrinas económicas que reestructurarían el Estado, los artistas se proponían crear un hombre nuevo con poemas, happenings, cuadros y performances. El resultado de ese esfuerzo ha sido sometido a muchos análisis, y uno de los más lúcidos es el que el historiador Eric Hobsbawm dejó en Un tiempo de rupturas, libro póstumo que acaba de publicar la editorial Crítica.

Hobsbawm perteneció al bando de críticos que observaron la epopeya vanguardista como la historia de un gran fracaso. Según él, no fueron los experimentos lingüísticos ni pictóricos los que cambiaron la vida, sino el desarrollo tecnológico y el mercado de masas, que desde los años cincuenta produjeron una serie de artículos (internet, por ejemplo) que transformaron por completo la vida y democratizaron el consumo estético. El arte fue un “viaje a ninguna parte”, incapaz de alterar la mirada, de expresar su tiempo, de comunicar ni de conquistar al público. En definitiva, “cualquier cosa que quisiera hacer la vanguardia pictórica o era imposible o se podía hacer mejor por algún otro medio”.

Sin embargo, a pesar de la contundencia de sus afirmaciones, Hobsbawm reconoció que Occidente no fue inmune a las vanguardias. La dinámica de la sociedad industrial dependía de la permanente innovación estética, y eso era justamente lo que ofrecía la experimentación plástica: una sucesión de estilos radicalmente nuevos, además de eficaces técnicas publicitarias. Para vender productos de consumo se necesitaban dos cosas, novedad y seducción. El sexo, la rebeldía, la autenticidad y la exaltación de la vida, que fueron los temas profundos de la vanguardia, resultaron ser fantásticos eslóganes publicitarios. Hay que cambiar la vida, decía Rimbaud; “Tu vida cambia con Orange”, dice una campaña de telefonía. Hay que ser auténtico, decían los poetas beats; “Qué bien sabe ser uno mismo”, dice un publicista de la cerveza Mahou.

Es por eso que el supuesto fracaso de los vanguardistas que sentenció Hobsbawm quizás no fue tal. En efecto, no lograron acabar con la burguesía ni el capitalismo, como se proponían, pero a partir de los años cincuenta, cuando sus ideas impregnaron la contracultura y a los jóvenes sesentayochistas, sí consiguieron alterar las escalas de valores y las actitudes vitales. Triunfaron allí donde podían triunfar: en el ámbito privado, haciéndonos proclives al humor, a la irreverencia y al hedonismo, y a todos los artículos de consumo envueltos en ese seductor empaque. El mensaje dejó de ser subversivo, pero no porque hubiera fracasado, sino porque fue asimilado por la cultura popular. “Lo que tú no comprendes, Dany, es que nosotros ganamos en los años 60”, le dijo Jerry Rubin a Cohn-Bendit. No le faltaba razón.

 

 

Carlos Granés*

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