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Pascual Gaviria 12 Mar 2013 - 11:00 pm

Rabo de ají

Hombres providenciales

Pascual Gaviria

Tal vez no valga la pena detenerse en porcentajes para evaluar el gobierno de Hugo Chávez. Frente a un cadáver condecorado que intenta una sonrisa mientras sus súbditos lloran no valen informes de gobierno.

Por: Pascual Gaviria
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El mismo Chávez lo dijo cuando cambió la forma de medir la pobreza luego de cinco años de gastos gruesos y resultados magros: “No tengo dudas de que los instrumentos que están usando para medir la realidad no son los adecuados, están midiendo nuestra realidad como si éste fuese un país neoliberal, un país capitalista, donde no estuviese ocurriendo una revolución”.

Durante una semana se ha repetido el valor simbólico de una revolución que le dio poder a los más pobres. “Tenemos patria”, ha sido una de las frases preferidas durante el funeral, una consigna que repetía en sus últimos tiempos quien ahora ha sido bautizado el hijo de Bolívar. William Ospina lo ha llamado la “incorporación de los pueblos a la leyenda nacional”. Una leyenda que confundió muchas veces lo personal y lo partidista con lo nacional. Pero leyendas son leyendas y a los políticos y a los poetas les encantan.

Quizá lo más importante para definir las inclinaciones a favor o en contra de la obra política de Chávez sea la confianza en los “hombres providenciales”, la disposición ciudadana a ceder poderes y asumir riesgos para permitir que un líder imponente resuelva las injusticias sin necesidad de los protocolos democráticos ni las formas institucionales que todo lo filtran y lo retrasan, que sólo dejan espacio para los cambios que ocurren en los márgenes. “Adolescencia cívica” es el término que ha utilizado Enrique Krauze para describir esa delegación absoluta de poder, esa especie de abdicación a cambio del milagro de la generosidad. Desde el triunfo en su primera elección, Chávez comenzaba a ampliar su figura para opacar partidos, ideas e instituciones: “La orden del pueblo es clara. Una persona física y no una idea abstracta o un ‘partido’ genérico...”. Las palabras premonitorias eran de Norberto Cesarole, un argentino enredador que fue uno más entre sus tantos padrinos ideológicos.

Chávez desarrolló con gracia propia y plata ajena su objetivo de ser un caudillo digno de la caricatura y la reverencia. Su idea pasó de los barrios de Caracas a las calles del Bronx, donde también regaló petróleo, y muy pronto pudo decir: “Nuestra tarea es salvar al mundo, al planeta Tierra. Nuestra tarea es mucho más grande que la asumida por Bolívar, mucho más comprometida”. Toca pensar entonces si vale la pena ponerse en manos de un régimen mesiánico que tiene a Cristo a su derecha y a un ejército filado a su izquierda. Misión Cristo se llamó el más grande de sus proyectos sociales y más de cien mil militares trabajan en cargos de administración estatal. Con la lengua de un pastor armado de maracas, Chávez convirtió a muchos ciudadanos en feligreses propensos a la venia. Con la amenaza de un ejército propio filó a otra buena porción de su gente bajó la enseña de la lealtad. En momentos de lucidez él mismo habló de un caudillo, un hombre al que las masas elevan al pedestal de Salvador y debe utilizar su poder “mítico” para reforzar líderes, proyectos, ideas. Lo pienso y me alegro de que tengamos un hombre gris en nuestro Palacio.

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