Por: Juan Carlos Botero

¿Hoy se puede ser conservador?

Uno de los mayores problemas de la actualidad, en especial para la juventud, es que la división tradicional del pensamiento político, entre liberales y conservadores, se está acabando por un hecho elemental: hoy es difícil ser conservador. ¿La razón? Esa ideología se está alejando, a paso veloz, de la sociedad contemporánea. Y aún más del futuro.

En ese sentido, las brutales declaraciones del senador Roberto Gerlein en contra del homosexualismo son de gran ayuda, porque develan lo que muchos piensan en el interior del conservatismo. Como siempre, quien habla más alto es el que más se escucha. Y quienes están hablando, y a gritos, no son los moderados sino los extremistas. ¿Por qué los sectores más tolerantes y civilizados del conservatismo han permitido que sus franjas más lunáticas e intolerantes definan la agenda ideológica?

Es irónico, pues si la evolución de esa filosofía hubiera sido estratégica, un giro deliberado con el fin de ganar votos, se podría llamar oportunista pero rentable. Sin embargo, el resultado ha sido lo contrario. Cada vez más esta colectividad, en Colombia, EE.UU. y partes de Europa, parece un menguante grupo de puristas rabiosos, y se perfila como el partido de la obstrucción, del No y del Anti: antiminoría, antigay, antijoven, antimujer, antisemita, antimusulmán, etc.

En su inicio esta filosofía era muy distinta. Giraba en torno a la Iglesia y la familia, la libertad individual y de mercado, y desconfiaba de la presencia burocrática y paquidérmica del Estado. Se podía estar de acuerdo o no con sus ideas, pero en sus filas imperaban la razón y el compromiso social. Incluso las divisiones entre liberales y conservadores eran más económicas que ideológicas. Un rico liberal tenía más en común con un rico conservador que con un pobre liberal. Por eso García Márquez anotó en Cien años de soledad: ahora la única diferencia entre unos y otros es la hora a la que van a misa.

Eso cambió. Pensadores de pacotilla como la novelista Ayn Rand empujaron el conservatismo al extremo, con el mismo chantaje moral de todo grupo autoritario: quien está en contra de mí está en contra de la patria, del Estado o de Dios. Siempre algo mayor, siempre algo inatacable, y siempre algo que permite tildar al crítico como apátrida, traidor o hereje.

Hoy, los defensores más vociferantes de esa filosofía sobresalen por lo poco sintonizados que están con la realidad social y política de nuestro tiempo. Defienden a los ricos sobre los pobres; condenan a los homosexuales; ignoran los peligros del cambio climático; pontifican sobre la conducta de mujeres violadas; son suspicaces de los derechos humanos, los avances de la ciencia, la regulación a la banca y el drama de los inmigrantes. Mientras el futuro luce cada vez más diverso, los conservadores lucen más atrincherados en el pasado.

La Declaración de Independencia de EE.UU. afirmó para siempre una verdad que calificó como evidente: todos los hombres son creados iguales. Pero, si se acepta esa premisa, es sin excepciones. No son iguales todos menos estos o aquellos. Por eso, si alguien cree en la dignidad de las minorías, o que la gente debe amar a quien quiera, o que los desvalidos tienen derecho a la vida y honra, le queda difícil militar en el conservatismo. Y en el futuro le quedará aún más.

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