Por: Juan Carlos Botero

Huérfanos de héroes

Un país necesita héroes. Colombia los ha tenido, y han sido de los más grandes y ejemplares, pero muchos han caído derrocados por sus propias acciones, traicionando sus ideales como Lance Armstrong, y otros que se han mantenido íntegros hasta lo último, han terminado llenos de tiros como un colador.

De aquellas personas o instituciones que hemos aplaudido, varias nos han dejado a medio camino, entonces hemos vuelto a padecer la terrible sensación de orfandad y abandono en el frío.

En una sola semana de 1985, sin ir más lejos, millones de colombianos padecieron una demoledora estocada a sus ídolos más queridos.

Quienes admiraban a las Fuerzas Armadas por su espíritu de sacrificio, su labor patriótica y su batalla sin cuartel contra la guerrilla, tuvieron que presenciar el holocausto del Palacio de Justicia y aceptar que varios de los militares más destacados terciaron en torturas, desapariciones forzosas, violaciones y asesinatos. Quienes admiraban al M-19, que para muchos intelectuales de izquierda encarnaba una postura de idealismo, tuvieron que aceptar que el sangriento asalto al Palacio careció de ideales, pues el grupo guerrillero había hecho pactos secretos con el sector más violento y vulgar del país, el narcotráfico. Quienes admiraban al gobierno civil y defendían el Estado de derecho, tuvieron que ver a los coroneles apartar al Ejecutivo como si fuera un estorbo, y hasta Enrique Parejo González, ministro de Justicia, admitió que sus órdenes fueron ignoradas por completo por las tropas del Ejército. Ante eso, quienes acudieron a Dios al ver la sede de la justicia colombiana convertida en escombros, junto con unos 100 muertos entre militares, guerrilleros y civiles (incluyendo 12 magistrados y 11 personas desaparecidas), tuvieron que ver, una semana después de esa carnicería, la erupción del volcán del Nevado del Ruiz que borró del mapa el pueblo de Armero. 25.000 personas murie ron en un parpadeo, entre ellas Omayra Sánchez, la niña de crespos negros y ojos grandes que quedaron grabados en la memoria de la nación. El volcán llevaba 150 años en estado durmiente, así que la voluntad de Dios parecía, por decir lo menos, inescrutable.

Nos quedaban las personas. Entonces aplaudimos a un líder por su idealismo (Luis Carlos Galán); otro por su valentía (Bernardo Jaramillo); otro por su integridad (José Antequera); otro por buscar la paz (Carlos Pizarro); otro por consagrar su vida al servicio del país (Álvaro Gómez); otro por buscar la verdad en medio de la noticia (Guillermo Cano), y otro por atreverse a decir lo indecible mediante el humor (Jaime Garzón), sin que importaran las ideologías o las banderas, y todos fueron asesinados a tiros y en lugares públicos para que la lección quedara tatuada en el alma de cada colombiano.

Hoy nuestros héroes son más modestos, su labor más cotidiana, su esfuerzo menos estelar aunque sea igual de esencial: soldados, policías, bomberos, enfermeras, médicos y maestros. Pero, a diferencia de lo que sucede en otros países, naciones con modelos que inspiran a la gente a tocar las estrellas, nosotros parecemos huérfanos de figuras legendarias, con nuestros mayores héroes tendidos en el lodo y sin faros que iluminen un sendero en las tinieblas. Es otro de los grandes costos de la violencia nacional.

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