Por: Miguel Ángel Bastenier

Hugo Chávez: retrato del golpista presidente

A las presidenciales venezolanas del 14 de abril concurren dos grandes candidatos, pero uno de ellos no figura en las papeletas.

En el boletín de voto chavista se lee: Nicolás Maduro —un antiguo sindicalista—, y en el de la oposición: Henrique Capriles —multimillonario de familia—. Pero tanto Maduro, que se declara ‘presidente encargado’ y candidato “porque así lo mandó Chávez y yo voy a cumplir sus órdenes”, como su extensa corte coinciden en que se vota a Hugo Chávez, fallecido el pasado 5 de marzo, golpista fracasado, presidente, caudillo, taumaturgo, y propietario aun desde la tumba de un vínculo inextricable con las clases populares venezolanas.

Ese Chávez que trató de llegar al poder por la vía de los hechos en 1992, para asumir democráticamente la presidencia siete años más tarde, había vivido desde su enrolamiento en la Academia militar como tenientillo precoz soñando permanentemente con alcanzar el poder. Pero ¿qué opinan algunos de sus contemporáneos del líder desaparecido?

Teodoro Petkoff, primer pensador de la oposición, lo enmarca en la gran dimensión: “Chávez estaba formado para aniquilar al adversario político, convertido en enemigo radical, al que se niega toda posibilidad de patriotismo, de razón, de humanidad”. El historiador y politólogo mexicano Enrique Krauze en Letras Libres abunda en ese criterio, pero con acento algo más personal: “una concepción binaria del mundo, dividido en chavistas y pitiyanquis, patriotas y traidores. Y vivía obsedido (sic) por una anacrónica admiración por el modelo cubano, y una ciega veneración por su caudillo, al que a menudo llamaba padre”. Y le mandó el petróleo necesario para sostener a la isla con vida.

Maduro, del que se ha dicho que era “un clon imperfecto” del líder, se adentra peligrosamente en el ridículo para sacralizarlo: “Chávez se ganó la salvación de su alma, y hoy lo podemos calificar de comandante inmortal, que ascendió a las alturas y está frente a Cristo y algo influyó para que se convoque a un papa suramericano (Francisco I, argentino de origen italiano)”.

Chávez nació católico, y sobre todo en sus últimos tiempos de agonía se le disparó la devoción hasta llegar a proclamar que las potencias celestiales le asistían en la lucha contra el cáncer. Y aunque siempre negó que hubiera cambiado de Iglesia, Krauze en El poder y el delirio, habla de una “polinización entre catolicismo y evangelismo”, lo que podía venirle de su abuela materna que zascandileó un tiempo con corrientes evangélicas, muy fuertes entre las clases populares venezolanas, hasta el punto de estarle comiendo el terreno a la religión de los conquistadores.

En 2008 el presidente alentó la creación de una Iglesia Reformada de Venezuela, a modo de artefacto sincrético entre catolicismo y protestantismo, que, venturosamente, quedó en nada. El chavismo es por ello tanto una Iglesia, con un solo ícono, como una sociedad limitada, la de sus accionistas/fieles. Y hasta el propio Capriles pudo sorprenderse a sí mismo alabando en plena campaña al gran bolivariano: “Maduro no le llega al presidente Chávez ni al tobillo”; aunque lo dijera solo para rebajar al sustituto.

Alberto Barrera, probablemente su biógrafo más independiente, también incidía en ‘Chávez sin uniforme” en los aspectos más esotéricos de su personalidad. “Está cada día más cerca del mito. Su efigie aparece en carteles, fotografías en oficinas públicas, pequeños bustos, estatuas en altares populares, hasta muñecos pensados como regalos de Navidad”. Era todo un espectáculo ver cómo la gente se le acercaba buscando una imposición de manos para bañarse en sus presuntos poderes. Taumaturgia a ritmo de bolero.

Mari Pili Hernández, que fue viceministra de Exteriores en la fase de consolidación del régimen, sostiene que “Chávez es un visionario. Comienza a hablar de cosas que uno no entiende hasta un año después, y con una mirada te puede hacer llorar”. El presidente boliviano, Evo Morales, que le debía tanto en el sentido más material del término, decía cuando el mandatario yacía en el lecho del que no podría levantarse que “nunca había visto un ser humano más solidario”. E, inevitablemente, un racionalista jacobino como el expresidente chileno Ricardo Lagos no ocultaba que le parecía “un tanto payasesco”.

El autor de El poder y el delirio redondea su visión del personaje con una dicotomía que hace pensar en términos de trauma. “Venera a los héroes, pero no es un héroe; admira al Che, pero no cayó en la selva, enfrentado al imperialismo; idolatra a Bolívar, pero no ha mandado ningún ejército… esa urgencia interna explica sus poses ante las masas y las cámaras, sus gritos destemplados, brutales a veces, y sobre todo su orgánica necesidad de que se le ame y se le reconozca”.

Chávez fue un gran novelista de sí mismo, un autor que no cejó hasta encarnar su mejor personaje: el golpista que derrota la mala suerte para auparse al poder por la vía del voto. Con su estentóreo e inagotable verbo, y sufragado todo ello por el crudo del Orinoco, reinventó un país del que su legado apuesta que el chavismo ha llegado para quedarse. La voz del hombre que odiaba el silencio atruena todavía Venezuela.

 

*Miguel Ángel Bastenier /Columnista de El País de España.

 

 

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