Por: Piedad Bonnett

Humano, demasiado humano

La renuncia del papa merece todo respeto.

Que dignamente confiese que le faltan fuerzas para seguir manejando los destinos de la Iglesia nos conmueve, aun cuando conjeturemos que no se trata sólo de problemas de decadencia física sino también de pugnas internas dentro del Vaticano que no pudo o no quiso soportar. Y nos conmueve porque asistimos a una derrota: la de un hombre vencido por su circunstancia, que da un paso hacia un retiro sin demasiada gloria.

Pero el peso simbólico de su renuncia es enorme: vemos el derrumbamiento de un mito, que resulta más estruendoso aun por darse en épocas de mucha fragilidad para la Iglesia. Lo que se pone en evidencia ante la cara atónita de los creyentes en que el mandato del Papa tiene origen divino es, ni más ni menos, que la figura sacralizada por el dogma y por el papel político que desempeña, el ungido, el heredero directo de San Pedro, el infalible, es un humano como todos. Había que ver en televisión la cara de los católicos cuando se les pedía su opinión: lo que predominaba era el asombro. Como dijo Natalia Nowakowska, doctora en Historia Medieval de la Universidad de Oxford, hasta la palabra “renuncia” en vez del término “abdicación” nos permite pensar en alguien que, deseoso de jubilarse, deja su trabajo, y no en un príncipe con poderes absolutos que abandona su poder.

Todo es demasiado humano en la Santa Sede: Benedicto XVI, un hombre culto, dictaminando que el asno y el buey no existieron; los ancianos cardenales del consistorio, ataviados con sus vistosos trajes, dormitando en sus asientos; la lucha a muerte por el poder entre sus jerarcas, ya sea por cuestiones ideológicas –los retardatarios, los progresistas–, o por simples odios personales; y la evidencia de que también en el Estado Vaticano, como en todos los Estados, funcionan las maquinarias políticas. Nada nuevo, a decir verdad: la historia del Papado ha estado, desde sus orígenes, atravesada por la ambición de poder.

Para que olvidemos sus fragilidades, sus omisiones, su incapacidad de modernizarse –porque no se es moderno sólo por tener twitter– la Iglesia sigue apertrechada en el boato: tiaras, capas, báculos de oro y plata, anillos enormes, y toda una escenografía de lujo y belleza, se han usado siempre para hacerle sentir al feligrés la grandeza de la institución a la que se acoge. Involuntariamente, la parafernalia del poder católico revela la incongruencia de su discurso: una religión que hizo hombre a su Dios, que siempre ha hablado de reivindicar a los humildes, que produjo a San Francisco de Asís, y a la que pertenecen todavía algunos curas valerosos que dedican sus vidas a los desprotegidos, es representada por una jerarquía que ostenta fastuosamente el brillo de su pompa para deificar a sus miembros. La misma pompa que, qué casualidad, vimos en la ceremonia de boda de la hija del procurador, tan deslumbrante como la de los ritos vaticanos, y cuyo mensaje pareciera ser: ante la tradición y el poder solo caben las genuflexiones.

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