Por: César Rodríguez Garavito

Humboldt vs. Trump

Exhausto tras cruzar los llanos venezolanos, bajar por el Magdalena y escalar literalmente con las uñas el volcán Chimborazo, Alexander von Humboldt lo vio con claridad: todo está conectado con todo en la naturaleza. Las hierbas que iba recogiendo en el Chimborazo eran similares a las de regiones ecuatoriales al otro lado del mundo. Así lo plasmó en el dibujo pionero de las franjas climáticas planetarias, publicado en La geografía de las plantas en 1807.

Fue el primer libro ecologista, el primero en plantear científicamente que los entes naturales —el aire, los bosques, las aguas, los animales, los seres humanos— no pueden existir ni ser entendidos sin sus conexiones con todos los demás. Más de siglo y medio antes de que la NASA captara la foto de esa bola de agua azul que flota solitaria en el espacio, llevándonos a bordo, Humboldt percibió que la Tierra es una totalidad, un “entramado de vida” vinculado por “mil hilos”.

Mientras leía todo esto en la fascinante biografía de Andrea Wulf sobre Humboldt (La invención de la naturaleza), recibía por Twitter la última ráfaga ególatra de Donald Trump. Y pensaba que quizás no hay una mirada más opuesta a la de Trump, y más necesaria en estos tiempos, que la cosmovisión legada por Humboldt.

Allí donde Humboldt veía nexos y puentes, Trump planea erigir muros. El ecologismo resalta la unidad en la diversidad; el nacionalismo populista —el de Trump, Maduro, Erdogan, Putin, Uribe, da igual— exacerba las diferencias, hasta el punto de trazar una raya indeleble entre un nosotros mítico (el “pueblo real”) y los otros (los musulmanes, la oposición, la prensa libre, los inmigrantes, da igual).

Antes de Humboldt, la taxonomía dominaba las incipientes ciencias naturales. Botánicos como Carl Linneo concebían la naturaleza como un objeto por dominar y clasificar. Es la misma pulsión de los taxónomos políticos de hoy, que discriminan según nacionalidad, religión, orientación sexual, género o raza. Para el ecologismo cosmopolita (o el cosmopolitismo ecologista), las clasificaciones tienen sentido sólo si no pierden de vista el sustrato común de la humanidad, y de ésta con la naturaleza.

Las dos visiones encontradas del mundo corresponden a dos concepciones distintas del ser humano. La de Humboldt es una noción humilde del individuo y de la especie. Le dio el título Cosmos a su libro más popular para resaltar que somos apenas una parte modesta de un vasto universo. El Homo sapiens contemporáneo anda obsesionado con ser una estrella, sin darse cuenta de que en realidad es un montón de polvo estelar. El mismo polvo del que está hecho el resto del universo, como dijo el astrofísico Neil Tyson.

“Qué vergüenza que no haya ninguna ESTRELLA en este debate”, trinó el megalómano Trump mientras veía por televisión a los candidatos demócratas a la Presidencia de EE. UU. Por ese tiempo también espetó: “Mis dedos son largos y bellos y, como se sabe, también lo son otras partes de mi cuerpo”.

En épocas de egos y cuerpos agrandados por las redes sociales, cuánta falta hace la visión cósmica de Humboldt.

* Director de Dejusticia. @CesaRodriGaravi

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