Por: Lorenzo Madrigal

Humillación nacional

No menos que una gran deshonra es la que le ha sobrevenido a la República, al momento de perder en forma inapelable una inmensa franja de su mar territorial.

No pienso que pueda este gobierno ni los inmediatamente anteriores excusarse de haberle propinado semejante golpe en la cabeza a todos y a cada uno de los habitantes de este país, que les han confiado su dirección y sus intereses, pero sobre todo la guarda de sus fronteras.

Tampoco hay que caer en el facilismo de achacarle toda la culpa al gobierno de Andrés Pastrana, como desde el Caguán se ha vuelto costumbre. Después del suyo, han transcurrido diez años de dos gobiernos, uno reelegido por sí mismo, en que los asuntos del diferendo, que propició Nicaragua, han quedado encomendados casi sigilosamente a unos comisionados de mucha abnegación y competencia, pero en silente misión solitaria.

La triste figura, como de Quijote, del ex canciller Londoño Paredes, debió trasegar por la ciudad nórdica como un fantasma, al que, a la vista de los malos resultados, le caen hoy los molinos de viento de las opiniones, que nunca se ocuparon de su misión ni le ayudaron en su compromiso.

La canciller Holguín (se relaciona perversamente este apellido historiado con la pérdida del otro archipiélago, el de Los Monjes, en 1952 ) ha dicho que su renuncia en nada soluciona la situación precaria de sustento en que han quedado los isleños. Por supuesto que no. Pero decirlo equivale a desviar la atención del tema mayor, cual es el de la pérdida histórica del territorio, que marcará la imagen de esta administración de modo fatal.

Piensa uno en qué momento se convirtió el famoso Meridiano en un mero punto de referencia, no limítrofe y cuándo se optó por la línea media entre los dos países y no se controló esta opción, la cual debía trazarse teniendo en cuenta la longitud del archipiélago como unidad de Estado o como departamento indivisible y no como partículas de morros e islotes desarticulados y desmembrados.

La proporción de ocho a uno que se inventó la Corte de Justicia, fallando a su juicio en equidad (cuando se esperaba que fallara en derecho, que para especialistas no es lo mismo), relacionó los bordes costeros de ambos países, lo que nos resultó fatal y, para decirlo en términos de fútbol, configuró un 8-1 que nos expolió los mares inmisericordemente.

A la inmensa pérdida, se une la cabeza humillada frente a un hombre injusto y primario, asociado en feliz algarabía —ya puede suponerse— con los socialistas del veintiuno, que estarán festejando el golpe propinado a una Colombia democrática, ajena a las dictaduras y apegada al derecho, el mismo que ahora le juega semejante trastada. Porque el más alto derecho también puede convertirse en la mayor injusticia. Y omito el latinajo.

 

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