Por: Santiago Montenegro

“Iba matando canallas”

La canción de Silvio Rodríguez El elegido habla de “un ser de otro mundo, de un animal de galaxia… que tiene que ver con el curso de la Vía Láctea…”. El compositor cubano no se refiere a Cristo, a Mahoma o a Buda, sino a Ernesto Guevara de la Serna, el guerrillero argentino-cubano, de cuya muerte se conmemora medio siglo el próximo 9 de octubre. Su retrato fotográfico, obra de Alberto Korda, se convirtió en uno de los íconos más populares del siglo XX, semejante a la fotografía de Marilyn Monroe con sus piernas descubiertas por el vapor emergente de una estación del metro de Nueva York, o como la célebre sopa Campbell, de Andy Warhol.

Esa imagen logró lo que no hicieron sus acciones guerrilleras, sus discursos y sus actuaciones políticas. Paradójicamente, esa imagen, repetida en miles de afiches y camisetas, al mercantilizarlo como a un coche o jabón de marca, plasmó la victoria del Che, no en los campos de batalla contra las burguesías y los terratenientes de los países andinos, sino en los mercados del imperio que pretendió combatir y derrotar. Su victoria en ese mundo magnificó su derrota en el otro.

Pero la derrota no fue solo suya. También fue una derrota, a un costo gigantesco, para generaciones de jóvenes en países que creyeron en sus ideas y métodos de hacer política. Con su teoría del foco guerrillero, Guevara creyó en la Revolución, con mayúscula, basada en varias concepciones. Primero, creyó que era posible solucionar todos los problemas sociales y alcanzar la felicidad ahora mismo, para todos y para siempre. Segundo, para este fin tan noble era imprescindible tomar el poder con violencia, pues, como dice la canción de Silvio Rodríguez, “comprendió que la guerra era la paz del futuro”. Tercero, como el propósito era lograr la felicidad definitiva para la gran mayoría, no había costo en que no se podía y debía incurrir, por doloroso que pudiera parecer. Así, en La Cabaña y en donde tuvo ocasión, el Che fusiló sin contemplación a quienes consideró burgueses, traidores o contra revolucionarios, y como dice la canción con una sinceridad que hace estremecer, “iba matando canallas con su cañón de futuro”. Cuarto, el Che habló de la necesidad de crear un “hombre nuevo” para su Arcadia definitiva, pues, quizá con razón, pronto comprendió que en este planeta de la Vía Láctea había demasiados “canallas”.

En países como el nuestro, estas ideas hicieron un daño inconmensurable. Grupos como las Farc y el Eln las adoptaron al consagrar la combinación de todas las formas de lucha y así legitimaron la muerte de unos colombianos por otros. Pero, más allá de la crueldad y la violencia que propiciaron, para generaciones de jóvenes estas ideas promovieron la revolución y cerraron la vía del reformismo para solucionar los males sociales, la noción de que el poder debe estar fragmentado en el tiempo y en el espacio; que las soluciones nunca son definitivas y que plantean nuevos problemas; que al ser humano hay que aceptarlo con sus imperfecciones, debilidades y defectos y que hasta los más canallas tienen derecho no solo a su vida, sino a un juicio imparcial.

Con todos sus fallas y debilidades, nuestras instituciones republicanas y democráticas han resultado muy superiores a las dictaduras de Cuba y Venezuela, residuos lamentables de las utopías de Guevara de la Serna.

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