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Pascual Gaviria 9 Abr 2013 - 9:16 pm

Rabo de ají

Idea fértil

Pascual Gaviria

Los experimentos sociales encarnan siempre un riesgo y una osadía. Preparar un pequeño laboratorio para observar el comportamiento humano y sacar algunas conclusiones ha llevado a las peores tiranías y a los más sonados fracasos colectivos.

Por: Pascual Gaviria
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Utopías que se convierten en infiernos y buenas intenciones que terminan bajo la mueca burlona que componen los años y los imprevistos. Desde algo más de una década Erwin Goggel, un colombo-suizo empeñado en el cine y en algunas ideas entre originales y excéntricas, resolvió hacerles una propuesta a varios hombres en la vereda El Tigre, en el corregimiento de Río Cedro, Córdoba. El plan era sencillo: si se hacían la vasectomía les entregaba tres hectáreas y media de tierra con la condición de que no podrían vender ni arrendar, un lote a su nombre para que lo trabajaran. Todos eran hombres jóvenes con hijos y sin trabajo ni tierra, viviendo bajo una especie de círculo tortuoso en el que se suma descendencia y se restan oportunidades.

La idea cayó como una bomba en el pueblo y sus alrededores. Quienes tomaron la decisión de “mocharse” fueron repudiados por amigos y familiares. El pueblo de los “capados” llegaron a llamar al arrume de parcelas en el que ahora viven diecisiete familias. Los llamaron maricas, bueyes, novillos, y les aseguraron que luego de tres meses se les iba a morir el “compañero”, el de abajo. Goggel fue bautizado el “cachaco loco” y se le acusó de ser un rey en busca de esclavos o un forastero que iba enriquecerse a punta de operaciones. Un documental hecho por el mismo Goggel muestra la evolución de esas familias luego de diez años largos de la “poda” general. Quienes antes ganaban 15.000 pesos semanales arrancando ñame y veían las opciones del narcotráfico, el abigeato o la mendicidad como salidas posibles, hoy tienen un rancho con maíz, plátano, ñame, gallinas, marranos, un lago común con pescado y una moto para que los hijos mayores puedan ir hasta el bachillerato en Moñitos. “De comida estamos bien… Yo iba mal, sin tierra, sin nada y ya con dos hijos; ya tendría como cuatro o cinco, una cada año…”, dice Cérvulo Zapata, uno de los que se atrevieron a apostarle a ese extraño intercambio. La pobreza no ha cedido del todo. Comprar el uniforme y los útiles, mandar los hijos a un colegio en Montería, buscar ingresos más allá de la subsistencia, sigue siendo un reto difícil.

Pero una conciencia distinta ha llegado hasta los ranchos de esos hombres y mujeres: “El que quiere gozar la juventú que no se case y cuídese con condón, con pastillas, con lo que sea… ahora estoy sabroso, ya no voy a tener más hijos”. Le preguntan a una de las mujeres y se ríen con algo de vergüenza: “Ya nos podemos concentrar en gozar, ya no hay miedo de un embarazo”. Y miran con ternura a los burros que no piden uniforme y “estudian trabajando”. Al lado de las parcelas que agrupan ese fértil experimento hay una hacienda de 450 hectáreas en manos de la Fiscalía y en trámites de extinción de dominio. Ahí no hay parceleros, sino ganado pastando. No hablo de la imposición del control natal por parte del Estado. Pero valdría la pena que el documental de Goggel estuviera en todas las oficinas públicas sobre restitución de tierras y en los talleres sobre desarrollo rural y en la mesa en La Habana. Nunca sobra un ejemplo exitoso en medio de temas tan difíciles como la posesión de la tierra, la descendencia, el sexo, los prejuicios culturales.

 

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