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Alonso Sánchez Baute 15 Ene 2013 - 11:00 pm

Ideas absolutas

Alonso Sánchez Baute

La inclinación por los gobiernos totales y mesiánicos, sin opción para la falta o el vacío o la rivalidad, ha definido la faceta más irónica y absurda de la historia del hombre.

Por: Alonso Sánchez Baute

Este espécimen enclenque construido justamente a base de ignorancia universal, de intrigas abismales, de ensayo y error en un circuito repetido y reanudado en siglos y milenios de espanto y de zozobra, sobre el terror y el nerviosismo, mientras la lerda conciencia comprendía la terrible ambigüedad del mundo, supone y aspira a controlar la realidad y sus contrastes. Y aunque el tiempo haya entregado los ejemplos más abyectos, la inclinación por los absolutismos sigue ardiendo entre las bajas pulsiones de la historia, emergiendo de cuando en cuando entre las reglas acentuadas de la democracia y demostrando que la bestia antigua del instinto sigue inmune y vital, aunque cuidada de las luces del show y de los grandes lobbies. En la derecha, halada por los ultras del sometimiento o en la izquierda, halada por los mismos. El caótico centro, lugar en el que existe y es posible la contradicción, en el que toda la confusa realidad converge, es un lugar monstruoso a la fragilidad del hombre que ha intentado huir y refugiarse de esa hiriente confusión que le revela siempre su equilibrio nulo y su miseria, demostrándole de nuevo que su orgullo es irrisorio y fatuo, tanto como su improvisación entre los años.

Entre los muchos hitos del absurdo sobrevive Robespierre. El hombre que sentía una profunda idolatría por la humanidad, quien en el fuego revolucionario obtuvo el título de “incorruptible”, el defensor de la fraternidad, quien convocó todo el desprecio hacia un monarca insensible, la cortaría la cabeza a toda la convulsa humanidad sintetizada en Francia, porque quería la equidad totalitaria, la igualdad absolutoria y la perpetua sumisión ante su nombre. Porque toda disidencia era una afrenta y toda duda una traición. Porque el nuevo poder debía defenderse hasta las altas consecuencias, aunque murieran todos.

Después, dos imperios enemigos y aferrados al absolutismo, nos dejarían clara la ficticia estructura de los suelos y los máximos niveles de duda. La unión de las repúblicas soviéticas, la metáfora por fin palpable y carnal del comunismo, el ideal de la ecuanimidad simbolizada en el intenso rojo de la sangre, se derrumbó cuando no pudo sostener todos sus muertos, cuando cayó su ficción. Y la xenófoba sombra del nazismo, la institución de la venganza como única opción de la sobrevivencia, implosionó cuando extendió su morbidez, eliminando a su vez un continente entero.

El tiempo nos trajo aquí con sus escombros. Latinoamérica acomoda hoy sus horizontes desde el centro polémico de Venezuela, el norte intenta controlar su precipicio fiscal y Europa procura superar su último naufragio desde España. Un movimiento en falso y volveremos a ver las dentelladas del sadismo.

 

* Juan David Ochoa

  • Juan David Ochoa | Elespectador.com

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