Por: Andrés Gómez

Ídolos

Nuestros ídolos terminan casi siempre en un nostálgico fracaso. Los maduramos biches, los endiosamos y, al final, terminan estrellándose con su propia fama.

Son grandes en las canchas o pistas, pero fuera de ellas son un desastre, como si el talento del juego fuera inversamente proporcional a su inteligencia cotidiana.

Antonio Cervantes, Kid Pambelé, se tambalea entre la droga y los jabs que solía dar. Juan Pablo Montoya fracasa y fracasa con petulancia en la Nascar. Faustino Asprilla, quien se retiró a mitad de carrera, aparece en titulares por escándalos. Así la enumeración podría ser infinita: Higuita, Usuriaga, Teófilo...

Tenemos ídolos que no se merecen el remoquete. Humanos que triunfan un par de veces en el deporte, pero fracasan la mayoría del tiempo en la vida.

Por eso, toparse con Radamel Falcao García es encontrar lo que parece ser un ídolo de verdad, verdad. Uno de esos Messi o Michael Jordan que nacen pocas veces y que se hacen querer en la cancha y sobre todo fuera de ella.

Es muy pronto, es cierto, pero qué falta que nos hacía como país un ídolo como Falcao. Un triunfador bien hecho. Un hombre tranquilo y decente, más allá de su fe. Un jugador al que no se ve envuelto en escándalos sino en premios. Un hombre sencillo que envía mensajes optimistas, decente, que saluda y se despide, que no se deja obnubilar por la fama, que es consciente de que su talento debe también estar en el día a día.

Ojalá no me equivoque. Ojalá no se pierda en el camino, que no gambetee la suerte que tiene y que a punta de trabajo y de talento lo ha llevado a donde hoy está. Ojalá ese rumor sobre su edad se aclare de una vez por todas. Ojalá no se vaya al Madrid o a equipos a los que sólo les interesa el jugador y no el ser humano. Ojalá triunfe aún más y se convierta en ese arquetipo de lo que un deportista colombiano debería ser. Él y Mariana Pajón son trincheras en medio de la guerra.

Falcao es el deportista del 2012, pero ojalá lo sea por muchos años más, por una simple razón: qué bueno es encontrar grandes seres humanos enfundados en las camisas de los dioses, que entienden que son de carne y hueso.

Ídolos de cotidianidad. Ídolos que nos hacen falta en un país en donde un día se es Dios y al otro, demonio.

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