Por: Fernando Araújo Vélez

Iguanas

Cleto observaba a su patrón por el espejo retrovisor, imperturbable. No decía nada porque no le habían preguntado nada, y esas eran las órdenes. A medio camino de la Calle Larga, el patrón le dijo que hablara con Facundo.

Dígale que le ayude a cargar una canoa repleta de iguanas, todas las iguanas que haya de aquí a Arjona, y muchos huevos, miles. Después se la llevan a la señora Magdalena, pero tiene que ser antes de las tres de la tarde—. Cleto abrió sus saltones ojos negros de mulato y hasta pensó en objetar la orden, pero ya conocía al patrón. Dionisio se rió por dentro.

Tiempo después, entre rones y las mujeres de Bazurto, Cleto contaba que esa mañana no supo a quién maldecir más, si al patrón, a las iguanas o a la señora Magdalena, que las había solicitado para una cena. —Yo lo dejé en la oficina y me fui a mil en el mismo Cadillac pa’ encontrarme con Facundo, pero ya por el camino iba pendiente de cuanta iguana se me atravesara, y como fuera, paraba en mitad de la carretera, me bajaba y al baúl—. Ya después vería cómo limpiar todo, lo importante ahora eran las benditas iguanas. Con el sueldo de la quincena que llevaba encima, Cleto organizó tres batallones de buscaiguanas: uno en Ternera, otro en Turbaco y el último en Arjona. A centavo la iguana, a centavo, gritaba en cada estación al pie del Cadillac, moviendo los billetes. Facundo había reclutado a sus hijos y sobrinos para que buscaran en las orillas del Canal del Dique, y había emparapetado dos canoas con telas de costal para guardar la mercancía. Las iguanas llegaban en sacos, costales, sábanas, baldes, palanganas, hojas de plátano o a mano limpia, en lo que fuera.

Una vez corrida la voz de la cacería, se contaban por docenas los negritos que buscaban y buscaban, y fueron varias las mulas y burras cargadas que arribaron al punto de encuentro. En pocos minutos, el trabajo se había transformado en una fiesta de pueblo donde la música eran los gritos de los niños y los chillidos de iguana. El colorido también corría por cuenta de aquellos animalitos de todos los tamaños y tonalidades que se bamboleaban frenéticos en defensa propia, sin comprender muy bien por qué sin previo aviso les había llegado la hora del juicio final.

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