Por: Santiago Gamboa

Imágenes, muertes

UNO DE LOS MOMENTOS PARA MÍ emblemáticos de 2010 tuvo que ver con algo bastante atroz y para lo cual, por desgracia, la realidad de nuestro país nos viene preparando y, de algún modo, fortaleciendo, y es la imagen de la muerte, pero no me refiero a una estampa bucólica o familiar, sino a la imagen fría y dura e incluso estrambótica de la muerte.

La primera vez que la presentí mirándome a los ojos fue al ver las imágenes del cadáver de Iván Ríos. ¿Lo recuerdan? Tenía los ojos abiertos y una expresión entre sorprendida y dura, aunque no llegaba a ser fiera; era la mirada de alguien que acaba de comprender algo, una comprensión interrumpida por la muerte, ¿y qué comprendió? Sin duda la traición, pues miraba a su asesino, que era también su compañero. Al ver esa imagen uno está en el lugar del asesino, del que disparó la bala que le entró en la frente. Es la muerte que nos mira. Lo que comprendió Ríos fue la muerte y también la traición, y uno, observándolo, está en el lugar del traidor. Recuerda esa novela de Javier Marías, ¿cómo será tu rostro mañana, después de la traición? Será así: como nuestra cara frente a los ojos del que ve la muerte.

Dos años después, en 2010, llegó otra imagen. Esta vez era el cadáver del Mono Jojoy. La casualidad se encarga a veces de evidenciar cosas, pues me enteré de la noticia estando en México, luego de ver en el cine Pecados de mi padre sobre la vida de Pablo Escobar. La película, que lo deja a uno por los suelos al revivir un periodo tan negro, contiene cierta esperanza, pero lo que más me impresionó en esa noche mexicana fue la aterradora simetría entre lo que vi en el filme y lo que veía en los noticieros, al volver al hotel; la sensación de que el tiempo no pasaba, que seguíamos dando vueltas en torno al mismo cadáver y que las imágenes del cuerpo de Escobar, en el filme, no estaban en el pasado sino en el presente y puede que incluso en el futuro. El cadáver expuesto, vapuleado, ensangrentado y frágil de Pablo Escobar, en 1993, era igual, 17 años después, al cadáver expuesto, vapuleado, ensagrentado y frágil del Mono Jojoy. No derramo lágrimas por ninguno de los dos, pero me pareció que el tiempo se había congelado y sobre todo que la muerte se daba un banquete en nuestras tierras, y entonces comprendí que lo que en realidad estaba expuesto, vapuleado, ensangrentado y frágil era todo un país, una sociedad cuyos pecados o vicios eran tales que podía albergar, al mismo tiempo, a estos asesinos y a sus innumerables víctimas.

Y antes de terminar el año aparece otra vez la sombra, y esta vez es Cuchillo, otro asesino. Pero hay algo diferente: no hay hasta ahora foto del cadáver, no hay imagen, pero se sabe que no tiene impactos de bala, que se ahogó, que estaba muy borracho. Sin la llegada de la policía no se habría ahogado, pero Dios mío, qué muerte estrafalaria y tropical. Como de letra de vallenato: ebrio de whisky, hundido por sus botas y los equipos que debían salvarlo. No hay imagen y así es mejor. Mejor no tener a la muerte mirándonos a la cara y así poder desear, en 2011, que sus trabajos nos den un respiro. Como decía hace años la poetisa española Isabel Escudero: “Muerte, ven a  llevarte el pensamiento de la muerte”.

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