Por: Rodrigo Uprimny

Imparcialidad judicial

La imparcialidad es una de las virtudes esenciales de cualquier juez. Consiste en su capacidad de sopesar los argumentos y las pruebas presentadas por las partes en el proceso a fin de decidir a favor de aquella que haya sustentado la posición más sólida. Su sentencia no debe estar entonces influida por prejuicios ideológicos, ni amistades, ni odios, ni posiciones previas, sino únicamente por la fuerza de los argumentos y de las pruebas en el proceso.

Esta cualidad es tan importante que una afectación de la imparcialidad del juez suele llevar a la anulación del juicio. Y por eso la jurisprudencia de los mejores tribunales ha señalado que el juez no sólo debe ser imparcial, sino que debe parecerlo a los justiciables pues de esas apariencias depende también la legitimidad de la justicia. De allí la distinción entre la afectación subjetiva de la imparcialidad, que es cuando se logra probar que el juez actuó sesgadamente, y su afectación objetiva, que es cuando concurre en el juez una circunstancia que haría dudar de su imparcialidad, por más de que actúe imparcialmente.

Un ejemplo: supongamos que un juez deba decidir si su hermano es o no culpable de un delito. Es posible que ese juez sea tan bueno que sea capaz de juzgarlo con la misma imparcialidad con la que juzgaría a cualquier otro ciudadano. Pero aunque actuara imparcialmente, la actuación de este gran juez no sería vista como imparcial. Y por eso, si es realmente un gran juez, debe declararse impedido y apartarse del proceso, a fin de proteger la integridad de la justicia, por más de que esté convencido de que sería capaz de juzgar imparcialmente a su hermano.

Un hecho que afecta objetivamente la imparcialidad del juez y lo obliga a apartarse del caso es que haya prejuzgado. No que haya expresado una opinión general sobre la materia, sino que haya asumido una posición concreta y específica frente al caso. Es posible que el juez sea tan bueno que tenga la capacidad de decidir con base en los argumentos y la evidencia del proceso, y no condicionado por su posición previa. Pero como en el ejemplo anterior, no sería visto como imparcial y, por ello, si es un buen juez, tiene que apartarse del caso.

No tiene nada malo entonces que el magistrado Bernal haya votado contra el fast track, pues aunque no comparto esa sentencia, respeto la decisión y a los magistrados de la Corte que imparcialmente llegaron a esa convicción jurídica. Lo que es grave del magistrado Bernal es que no se haya declarado impedido en ese caso, a pesar de que todo indica que había prejuzgado, pues no se limitó a hacer unas consideraciones generales sobre el fast track, sino que se pronunció previamente en forma concreta y directa sobre la constitucionalidad del mecanismo, que era precisamente lo que tenía que decidir. No sólo violó sus deberes judiciales al no revelar ese hecho a sus colegas de la Corte, sino que puso a ese tribunal y al país en una situación difícil: la posibilidad de que el fallo sea anulado, lo cual incrementaría la inseguridad jurídica y la polarización política.

* Investigador de Dejusticia y profesor de la Universidad Nacional.

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