Por: Rodolfo Arango

La importancia de La Habana

Las conversaciones entre el Gobierno y las Farc avanzan en Cuba bajo gran hermetismo. Luego del receso de fin de año están por reiniciarse, retroalimentadas por miles de propuestas que buscan solución al problema agrario, corazón del conflicto armado. En un alto porcentaje de la población reina empero el escepticismo. Por ejemplo, el exdiputado Sigifredo López, invocando su conocimiento de la guerrilla luego de largos años de secuestro, sostiene que en la mesa no están todos los que son, que no se ha tocado el problema de los frentes farconarcotraficantes y que al proceso le falta mucha sociedad civil. Por ahora no deberíamos desanimarnos ni permitir que impere una mirada estrecha. Pase lo que pase con el proceso, las actuales negociaciones de paz deben ser valoradas en toda su significación.

¿Por qué son tan importantes las deliberaciones en La Habana? Básicamente porque se trata de un proceso de aprendizaje democrático, en el cual las partes con visiones contrapuestas e irreconciliables de la historia y de la sociedad intentan acordar reglas del juego que puedan luego respetar y valorar, como el marco institucional común que nos permita a todos abandonar el desventajoso estado de guerra. La propedéutica de La Habana, con mejor diseño que las de Tlaxcala o el Caguán, anticipa cómo serán las deliberaciones y decisiones en un futuro en Colombia entre grupos antagónicos con distintas concepciones del mundo, propuestas políticas, económicas y sociales y hasta valoraciones estéticas.

La sociedad democrática no se gesta gracias a que los grupos en conflicto sacrifican sus orientaciones irreconciliables con el fin de lograr un consenso imaginario, sino porque dichos grupos construyen un capital simbólicamente integrado en un proceso de confrontaciones estructuralmente condicionadas. En términos simples, la democracia no supone el consenso sobre los problemas y sus soluciones sino la construcción colectiva de acuerdos entre antagonistas plurales en relación con la organización y los procedimientos a ser respetados para hacer posible cambiar las armas por los argumentos. Para democratizar la sociedad es fundamental, además, que los conflictos se expresen políticamente, esto es, que la acción civil se proyecte sobre la totalidad de la sociedad y no rehúya la publicidad, lo que excluye las estrategias privadas o acuerdos bajo la mesa.

Con el proceso de reconocimiento mutuo, diálogo, controversia y decisión que tiene lugar en La Habana no se pretende hacer moral o virtuosa a la contraparte. Se intenta más bien adoptar prácticas que permitan tramitar los conflictos por vías distintas al uso de la violencia, incluso recurriendo a la distribución de ventajas materiales para desactivar conflictos que en principio no parecen ser resolubles por vía institucional.

El mayor desafío para las partes en La Habana es aprender a identificar el valor fundamental de la democracia: que no podemos acceder al conocimiento de valores absolutos, por lo que debemos conformarnos con aceptar como vinculantes los valores relativos adoptados democráticamente como normas por los representantes de la población según el principio de mayorías, con la debida protección constitucional de las minorías y la dosificación adecuada de mecanismos de participación política directa. Cuando superemos el fundamentalismo de las posiciones absolutas habremos dado el más seguro paso hacia la paz.

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