Por: Catalina Ruiz-Navarro

Incontinencia

Fueron de muy mal gusto las bromas contra el presidente Santos, a propósito del episodio de incontinencia que tuvo en un evento de su campaña en Barranquilla.

En las redes sociales se hicieron en simultáneo miles de chistes sobre pañales para adultos y sobre la supuesta cobardía del presidente y su “falta de carácter” para gobernar. Santos salió con su familia a decir, con toda razón, que “resulta muy triste que se haga política con una situación personal y humana que pudo haberle ocurrido a cualquiera” y le reafirmó al país su buen estado de salud.

De esta anécdota pedestre dos cosas me llaman la atención. La primera, ¿cuándo y bajo qué condiciones de salud está un gobernante impedido para ejercer su cargo? Mucho se dijo de cómo desde la campaña de Santos (que en ese entonces animaba Uribe, hoy opositor y senador electo) se criticó a Mockus por pretender ser presidente teniendo mal de Párkinson. Uribe, el más robusto de los machos, dijo que era mala idea votar por un “caballito discapacitado”. Dicen las abuelas que no hay que escupir para arriba.

Es claro que la salud de un presidente es un problema público. El cargo de presidente le otorga a un cuerpo, que de otra manera sería vulgar u ordinario, un montón de poder. Del bienestar de ese cuerpo, frágil, humano, dependen en gran medida las buenas o malas decisiones que un gobernante pueda tomar. Vimos en dos ejemplos recientes, el de Fidel Castro y el de Chávez, cómo la salud de un dirigente es decisiva para la estabilidad y gobernabilidad de un país. Sin embargo, algo va del cáncer terminal a la incontinencia urinaria. No todos los achaques imposibilitan a alguien para gobernar. Pero la línea que separa a unos de otros es tenue, porque cada problema de salud afecta a cada cuerpo de forma diferente. En algunos casos será fácil de discernir. Santos puede gobernar. Los últimos días de Chávez parecían sacados de un show de marionetas o de Weekend at Bernie’s. Pero ¿y el Párkinson? ¿O la depresión? ¿O los trastornos bipolares que, según psiquiatras como Nassir Ghaemi, han afectado a varios líderes, entre ellos a Churchill? ¿Con qué partes del cuerpo se gobierna y en qué momento esas partes dejan de ser aptas para gobernar?

Todos tenemos derecho a hablar sobre la salud del presidente, pero entre opinar y humillar hay una profunda brecha ética. Por otro lado, los chistes sobre Santos dejan entrever una idea profundamente machista sobre lo que debe ser un líder (que aplica para hombres y mujeres). El líder es el que aguanta, el que ataca, el que no teme. Este prejuicio es grave, porque ese gobierno de machos invencibles, que se van a los golpes, le ha hecho mucho daño al país. Ese estilo de gobernanza, muy propio de la hacienda o de las primeras etapas de la industrialización, es un atraso de pensamiento verdaderamente preocupante; una idea muy básica de autoridad y fuerza, que no pasa por la compasión, la empatía y la humildad, virtudes que son cada vez más pertinentes para un país que quiere creer en la posibilidad de un proceso de paz. En un Estado contemporáneo está bien que los líderes sean tan humanos como aquellos a quienes gobiernan. Se cree que dirigir es un asunto de dureza, pero al caer, aterriza la pluma y se rompe la piedra.

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