Por: Juan David Zuloaga D.
Atalaya

Índices de civilización

Suelen los Estados medir el desarrollo de sus sociedades con diversos indicadores que pretenden dar cuenta del avance o el retroceso de una Nación. Las más de las veces tales indicadores son de carácter meramente económico; una excepción feliz a la regla es el tan a menudo citado índice de la felicidad, en el cual, tristemente, Colombia ha descendido algunos escaños en el escalafón, dejando de ser, por no se sabe qué misteriosas razones, el país más feliz del mundo. Tan misteriosas como las razones que en su momento nos encumbraron en la cima del mismo.

Pero junto a estos indicadores económicos —o en todo caso cuantitativos— hay otros, más sutiles, que dicen también del desarrollo moral y espiritual de un pueblo. No hay, para medirlos, grandes centros académicos con profusión de estudios ni célebres —y, en ocasiones, desacertadas— firmas encuestadoras. No. Para medir la al tura de la civilidad de las personas —esto es, de su capacidad para convivir con otros— y la profundidad de la civilización —esto es, la manera en la que todo lo que de valioso y de sutil hay en lo que llamamos Occidente o llamamos mundo, y que con tanto cuidado se ha cultivado y con tanta facilidad puede echarse a perder, la manera en que ha penetrado en los corazones de quienes constituyen una Nación, el sustrato profundo en el que esas reglas no escritas se han marcado y se han enquistado en las almas de los moradores de un pueblo—, para medir todo ello, sostengo, basta con salir a la calle.

Claro que algunos índices cuantificables nos dan buena cuenta de esa capacidad que tienen los ciudadanos para convivir unos con otros, tal el número de homicidios por habitantes, tal el número de libros leídos en un año —aunque aquí habría que considerar, además de cuántos, cuáles libros se leen; esa, sin embargo, es otra discusión—. Pero dichos indicadores sólo dan un retrato parcial de la sociedad en la que vivimos; los otros vendrían a completar el cuadro.

Tales indicios de civilización pueden ser tan variopintos como se quiera, y cada quien, con frecuencia, los está sopesando de manera silenciosa y en ocasiones inconsciente. Son los gestos de un vecino o un conciudadano que hacen que uno maldiga y condene vivir en este mundo (o en este país, en esta ciudad, en esta aldea o en esta calle), pero son también los actos, valerosos, decididos y sinceros, de quienes, dejando a un lado el egoísmo, el narcisismo, la avaricia y la soberbia, nos conmueven en lo más profundo de nuestro ser y nos inclinan, aunque sea por una única vez, a afirmar la vida y dar las gracias por haber nacido.

@Los_atalayas, [email protected]

Buscar columnista

Últimas Columnas de Juan David Zuloaga D.