Por: Elisabeth Ungar Bleier

¿Indignación, indiferencia o desconfianza?

Indignación, indiferencia y desconfianza son palabras que vienen a la mente cuando uno trata de entender por qué más del 60 % de los colombianos se abstuvo de votar en el plebiscito, o cuando una cifra muy similar de guajiros no acudió a las urnas para elegir al nuevo gobernador de su departamento.

Si bien la abstención no es un fenómeno nuevo en Colombia, estas dos elecciones representaban la posibilidad de participar en decisiones determinantes para el futuro del país y de un departamento, respectivamente. Es difícil imaginar unos comicios más importante para tres generaciones de colombianos, más otras tantas por venir, que el plebiscito. Tampoco es fácil entender que dos terceras partes de los guajiros, un departamento cuyos últimos cinco gobernadores han tenido problemas con la justicia, hubieran optado por la abstención. Pero quizá no debe sorprendernos.

La apropiación de la contratación y de la nómina estatal por poderosas redes locales que traspasan las fronteras departamentales, como sucede en Atlántico, La Guajira, Córdoba, Cesar y Bolívar; mafias regionales que desvían recursos y presupuestos públicos para lucrar a unos cuantos; clanes políticos y familiares que capturan las administraciones locales para gobernar en beneficio propio; alianzas de políticos con bandas criminales para amedrentar a la población y acallar a quienes se atreven a denunciarlos, son razones suficientes para justificar esta decisión.

¿Qué nos están diciendo estos millones de colombianos que parecen no encontrarle ningún sentido, ni valor, a la participación electoral? Es claro que muchos de ellos no creen en los gobernantes, que consideran que su voto es inútil, que no va a tener ninguna incidencia en su vida, que la democracia es una ficción.

Son estos ciudadanos, más que los que votaron por el Sí o por el No, o los que lo hicieron por uno u otro candidato, los que deben motivarnos a reflexionar sobre qué está pasando en el país y qué se debe hacer para que la indiferencia, la indignación y la desconfianza sean reemplazadas por acciones que permitan recuperar la legitimidad y la credibilidad en las instituciones y el poder de la participación ciudadana como valor esencial de la democracia.

Para eso es fundamental construir colectivamente lo que Francisco de Roux llama una nueva ética social y devolverle la dignidad a la política: para que todos nos sintamos comprometidos con la construcción de un país en el que quepamos todos y en el que todos sintamos que nuestra voz es valorada por igual. Esto pasa por promover, proteger y acompañar diferentes expresiones de participación y movilización social como las que se vienen dando a lo largo y ancho del país. Las experiencias recientes de miles de jóvenes, mujeres, víctimas, estudiantes, indígenas, afrodescendientes, población LGBTI, entre muchos otros, movilizándose pacífica y masivamente, son una demostración de que cuando hay un propósito común, las voces son escuchadas. Y pasa también por aglutinar a amplios sectores de la sociedad en torno a propósitos comunes. La lucha contra la corrupción debe ser uno de ellos. Comencemos ya.

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