Por: Columnista invitado

Inermes

Alberto López de Mesa, arquitecto y habitante de calle, que avanza en su proceso para dejar el bazuco, escribe para El Espectador su primera texto como columnista invitado. Esta vez, su visión sobre la paz.

Por: Alberto López de Mesa

Las culturas del trigo y del maíz han apaciguado hambrunas y nos han ofrecido azas de delicias, la cultura del vino nos ha brindado alegrías y placeres, más al lado de las expresiones bellas de la humanidad siempre ha estado la ominosa y proterva cultura de la guerra, con sus dioses, sus héroes; así, en todas las épocas, escritores, poetas y artistas de toda índole han exaltado la pomposidad o el coraje de los ejércitos, la épica refiere hazañas de los guerreros, e incluso, a nombre de la fe en Cristo (que es la deidad de la paz por excelencia) tantas guerras se han cumplido, mucha sangre se ha vertido. Vale decir que la educación castrense  enseña “el arte de la guerra” donde se valoran tácticas y estrategias para exterminar al enemigo, donde se subliman las armas como el significante palpable de la estética del crimen. 

Giovanni Papini elogiò el temple del sable Samurái, la forja del florete veneciano, la eficiencia de los cañones  berberiscos,  exaltaciones consecuentes con su hipocresía cortesana porque no sufrió mutilaciones como si muchos de sus paisanos  durante la segunda guerra mundial.

Sin duda, la mayor apología ¿o publicidad? a las armas, la vemos a diario en el cine gringo, desde los clásicos western cuando John Waine alardeaba de su escopeta Winchester, o Clint Easwood descrestaba maniobrando un revolver Colin 38 largo, màs extremo hoy en día con el desarrollo tecnológico de la fotografía y de las armas nos asombran espadachines y pistoleros del pasado y del futuro y mercenarios armados hasta los dientes inspiración de los grupos belicosos que montan su horrenda película en el campo y las ciudades colombianas.

Es obvio que el negocio de las armas anima todas las guerras del mundo, verbigracia,  el armamento principal de las FARC era el AK47 Fusil Kalasnikov de fabricación rusa y el ejército nacional los atacaba con Galil 5.56 de origen israelí ( ya los fabrica INDUMIL). Ni hablar de la presencia en nuestras guerras de armamento estadounidense que es imperio descaradamente armamentista. Con todo este acervo, hasta los màs optimistas entendemos la Paz en Colombia como una tarea larga y con el pertinente concurso de los inermes. Savater dice que lo más parecido a la felicidad es la alegría, yo complemento su aforismo afirmando que lo más parecido a la libertad es lo libertario y lo más próximo a la paz es el desarme.

Lea: La calle a través de los ojos de quien la vive
 

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