Por: Piedad Bonnett

Ingratitud y desmemoria

El presidente Santos inicia su último año de gobierno, como dicen, “con el sol a sus espaldas”. El porqué de su bajísima popularidad no es tan sencillo de comprender, pero me temo que no tiene sólo que ver con sus fallas —que las hay, y muchas—, sino también con la naturaleza de los colombianos. No voy a hacer un panegírico del presidente —que finalmente es ante todo un político estratégico que a menudo quiere estar bien con Dios y con el diablo, y que ha hecho concesiones a los de siempre como siempre—, pero creo que ha hecho mucho más que la mayoría de nuestros mediocres expresidentes y, sobre todo, que haber logrado la paz con las Farc lo hace merecedor de nuestro agradecimiento. Cuando veo las encuestas y el ensañamiento de ciertos columnistas, me digo lo mismo que Santiago Gamboa en su columna: “Pero qué ingratitud, carajo”. La misma que se tiene con Humberto de la Calle, una persona íntegra, que le dedicó a las negociaciones cuatro años, renunciando a su vida familiar y a su bienestar personal.

Pero no nos extrañemos: García Márquez, que en Cien años de soledad pintó tan bien nuestra cultura, acertó al señalar entre nuestros más grandes males la ingratitud y la desmemoria. Es así como José Arcadio Buendía, el patriarca fundador, que se desvivió por traer el progreso a Macondo, terminó olvidado y amarrado al castaño del patio; y del coronel Aureliano, que comandó 32 guerras y terminó firmando el tratado de Neerlandia, “sólo quedó una calle con su nombre en Macondo”.

Pero es que no hay ingratitud sin desmemoria y el olvido es la verdadera peste en Macondo. A tal grado, que en un momento dado hay que rotular cada cosa con su nombre y poner un letrero en la plaza que dice “Dios existe”. Esa proclividad al olvido —que es la que permite que la historia se repita— es la misma que hace que muchos ciudadanos vayan a votar, como borregos, “por el que diga Uribe”, ignorando, entre otras cosas, los “falsos positivos” de su gobierno y los muchos asesores suyos que están en la cárcel; y, en la otra orilla, que Petro, un político que mostró en la Alcaldía su lado autoritario y su capacidad de azuzar odios y nuestra verdadera posibilidad de castrochavismo, ocupe el segundo lugar en las encuestas.

Ante el esperanzador bajón de Uribe, los expertos diagnostican que la gente, saturada de confrontaciones y odio, espera “discursos nuevos”. Pero, ¿dónde están esos discursos? ¿Cuáles son? No creo que sean los de Vargas Lleras, un político que ha callado sobre la paz, con oportunismo. Ni las de Juan Carlos Pinzón o Iván Duque, dos retardatarios con imagen de niños buenos y a los que se empeñan en mostrar como renovadores. Ni los discursos populistas, de derecha y de izquierda, que vienen triunfando en tantas partes del mundo. Necesitaríamos propuestas que nazcan de visiones éticas y filosóficas del mundo contemporáneo, sensatas en lo económico pero audaces en lo social, que combatan la desigualdad y pasen por encima de los poderosos intereses que le ponen zancadilla al cambio. Un líder sin ambigüedades, ecuánime y no vocinglero, con conocimiento del conflicto y talante de político y no de politiquero. Blanco es, gallina lo pone.

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