Por: Reinaldo Spitaletta

¡Qué inseguridad, querido!

“Este es un país más seguro”. ¿En qué, por ejemplo? ¿Tiene seguridad alimentaria? ¿La seguridad social es suficiente y alcanza al pueblo? Inclusive, si se hablara de los que especulan con el capital, ¿ha tenido una bolsa segura? Ah, y si de otras seguridades se tratara, ¿en qué ha disminuido el narcotráfico? ¿Acaso ya no hay mafias en Colombia? Decían, desde el gobierno pasado, que había desaparecido el paramilitarismo, ¿será verdad tanta belleza?

 Algún rancio burgués recitaba en otros tiempos que la economía iba muy bien, pero el país, muy mal. No sé si al decir “país”, que es un término bien abstracto y manoseado, se refería a la gente común y corriente, aquella que es víctima de la economía. El caso es que hoy, cuando el presidente Santos, ha recibido al 2013 con frases como “el país es más seguro que a la misma fecha del año pasado”, queda en el ambiente la misma duda: ¿a qué país se refiere?

Y en este punto pueden comenzar las especulaciones: Tal vez el presidente se refería a la seguridad que tiene él, con sus escoltas, su perfumería, sus camisas finas. O a la seguridad que tienen aquí las transnacionales, algunas de las cuales, en otros días, financiaban el paramilitarismo. O a lo mejor era un chiste de año nuevo, tiempo en que todo se permite, hasta que un presidente diga que hoy el país es más seguro. La demagogia todo lo puede.

Tal vez hayan disminuido los “falsos positivos”, que eran evidencia aterradora de un Estado bárbaro y criminal precisamente cuando el presidente era ministro de Defensa. Quizá se pueda decir que es un país más seguro porque ya las bandas delincuenciales asesinan sin hacer tanto ruido. Han sofisticado sus métodos, como en viejas películas de espionaje. No sé hasta qué punto, por ejemplo, los familiares de los diez campesinos masacrados el año pasado en Santa Rosa de Osos, puedan afirmar que gozaban de seguridad. Quién sabe si la gente de Cali, precisamente la ciudad donde el mandatario hizo su declaración, pueda confirmar el aserto santista.

Las estadísticas advierten que Cali es la ciudad de más alta criminalidad en Colombia, seguida por Medellín y Bogotá. Es posible que ahora deje de serlo con los mil efectivos con los que aumentaron el personal de su policía metropolitana. Aunque, se ha dicho en otras esferas, la seguridad debe ir más allá del pie de fuerza.

Si bien puede haber más seguridad para las multinacionales, a las que se les rebajan los impuestos al tiempo que se vapulea con ellos a la clase media, qué tanta tranquilidad ha tenido el “ciudadano de a pie”. Qué pueden decir al respecto los cartageneros, cuya histórica ciudad se ha trocado en una de las más peligrosas del país. O en asuntos similares qué dirán los habitantes de la comuna 8 de Medellín, que tiene sectores donde ni siquiera los policías se atreven a patrullar. Qué opinarán sobre el tema turistas del parque Arví, víctimas de hampones que los despojan de cámaras y dinero.

Un ciudadano habita en el reino de la seguridad cuando tiene empleo digno, cuando no es humillado en instituciones de salud, cuando puede acceder a la educación y la cultura. Un ciudadano está seguro cuando no es víctima de las extorsiones, de las amenazas de combos armados, de los secuestros. No sé que puedan decir de la pomposa declaración presidencial, los “chaceros” del centro de Medellín, vacunados por mafias y todo tipo de bandolas. O los chicos de ciertas barriadas, impedidos en su movilidad porque existen las aberrantes “fronteras invisibles”.

La seguridad debe estar fundamentada en la equidad social. Y, como se sabe, Colombia no es exactamente un modelo en tal rubro. Igual, debe estar basada en la preservación de los recursos públicos. Sin embargo, el saqueo de los mismos es ya parte de la vida nacional. Una costumbre. Así como se tornó costumbre que cada presidente colombiano, desde los tiempos de Núñez, para no ir más atrás, diga con voz de payaso que habitamos un país más seguro.

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