Por: Pascual Gaviria

Insurgencia electoral

Desde la década del ochenta las Farc han aprendido que los calendarios electorales marcan los tiempos de la guerra y la paz. Entiéndase de la guerra y la expectativa de la paz.

Sin necesidad de votar y reiterando su desprecio por la democracia, el grupo guerrillero se ha convertido en una especie de fórmula presidencial, bien sea por atracción y negociaciones o por repulsión. Pasó con el salto de las picanas de Turbay a las palomas de Belisario, dramáticamente con la foto de Marulanda y Pastrana, e inevitablemente en la indignación temerosa que llevó a la elección de Uribe. Ahora, una buena porción de la reelección de Santos se juega en La Habana y Marcos Calarcá, negociador parsimonioso, ha comenzado a adornar el escenario conocido: “No podemos permitir que los afanes electorales del gobernante de turno primen sobre el interés de todos los colombianos; poner plazos perentorios no sólo no es realista, es una actitud criminal”.

La paradoja de todo esto es que según algunos indicadores sobre seguridad en 2012, las Farc tendrían más influencia en la política que en la guerra. Y aquí es necesario entender guerra no como conflicto entre el Estado y la guerrilla, sino como la violencia producida por el crimen organizado. La Corporación Arco Iris calculó en cerca de 800 las muertes que se produjeron el año anterior en medio del conflicto con las Farc. La Policía, por su parte, ha hablado de casi 2.500 asesinatos relacionados con las bandas criminales en 2012. Pero no son sólo los homicidios, cerca del 40% de las alertas tempranas de la Defensoría el año pasado tuvieron como amenaza a las franquicias de Urabeños, Rastrojos, La Oficina, La Empresa y demás. Hace seis meses el ministro de Defensa dijo que el 70% de las acciones guerrilleras se concentran en 37 municipios donde vive el 4,6% de la población. Han pasado dos días del rompimiento de la tregua y las Farc muestran su poder contra estaciones de policía en Cauca, Nariño y Norte de Santander, los rieles del tren carbonero en La Guajira, las torres de energía en el Putumayo, los soldados en Ituango y el oleoducto Transandino cerca a Orito.

Las cifras nos muestran que de algún modo la guerra está en otra parte. Mientras las bandas criminales libran las luchas regionales que desangran municipios en el Valle del Cauca, incendian la costa Pacífica, desplazan en el Chocó y desatan las batallas barriales en Medellín, las Farc se dedican a pelear contra un tubo, las torres de energía, lanzar pipetas contra estaciones de policía y fortalecer sus alianzas con los traficantes en sus viejos refugios cocaleros. La Fundación Ideas para la Paz ha dicho que en las zonas de cultivo hay relativa tranquilidad por el acuerdo entre bandas y guerrilla, mientras en las ciudades se pelea por las “plazas”. Todo esto hace pensar en que una desmovilización parcial de la guerrilla traería un refuerzo en hombres para muchas de las bandas criminales. Tendríamos un nutrido grupo de mercenarios con experiencia, exparas y exguerrillos, peleando por la plata del narcotráfico, la minería ilegal y las extorsiones. Don Berna sería el modelo de ese combatiente untado de política, tres bandos y coca.

De modo que las Farc pueden decidir quién gana las elecciones, pero han perdido mucho a la hora de ofrecer la paz. Una cosa es el cese de comunicados y otra nuestras posibilidades de tranquilidad.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Pascual Gaviria