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Diego Aristizábal 2 Dic 2012 - 11:00 pm

La intimidad del diario

Diego Aristizábal

Mañana Julio Ramón Ribeyro cumplirá su mayoría de edad bajo los ríos profundos de la muerte.

Por: Diego Aristizábal
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Así para muchos sea el gran cuentista que escribió esa historia fantástica: “Sólo para fumadores”, para mí Ribeyro es el escritor latinoamericano más importante en ese género literario que revela tanto: el diario íntimo.

“No concibo mi vida más que como un encadenamiento de muertes sucesivas. Arrastro tras de mí los cadáveres de todas mis ilusiones, de todas mis vocaciones perdidas. Un abogado inconcluso, un profesor sin cátedra, un periodista mudo, un bohemio mediocre, un impresor oscuro y, casi, un escritor fracasado. Noche de gran pesimismo”, escribió el 24 de febrero de 1959. Un día antes había escrito que ya no seguiría corrigiendo la novela que trabajaba en aquel entonces. Le preocupaba no encontrar una nueva técnica que le permitiera construir un mundo que no tuviera nada de común con los ya conocidos. “Yo que odio el lugar común, veo mi obra plagada de lugares comunes”.

Cada entrada en los diarios de Julio Ramón Ribeyro es una mirada al abismo, es un elogio a ese título que los reúne: La tentación del fracaso, es una confesión sincera tal como se haría en esa época de tantísima devoción religiosa donde, como recuerda Nora Catelli en su libro En la era de la intimidad: “las monjas, devotas o mujeres principales se sometían al ejercicio de registrar sus actividades y pensamientos”. Lo hacían por orden de sus superiores para que estos descubrieran posibles desvaríos, para saber si el alma o los pensamientos de las pobres monjas pertenecían más a la tentación o a la devoción, al diablo o a Dios.

El diario íntimo tal vez sea la obra más sincera de cualquier escritor. Es la única que, en principio, no está comprometida editorialmente. Casi nunca se escribe un diario para ser publicado, se escribe porque se quiere luchar desde lo más íntimo con los demonios que sólo al escritor le pertenecen y no tienen por qué conocer los otros. En las obras de ficción la realidad misma puede ser un código, en cambio en el diario íntimo todo se dice como es, como se siente. De hecho, casi siempre que se muere un escritor, la familia enfrenta el dilema si debe o no publicarlos. No siempre hay instrucciones claras sobre qué hacer con esos cuadernos.

Hace años la familia de John Cheever enfrentó el dilema a pesar de que él mismo le manifestó a su hijo Benjamin que, en su opinión, los diarios no debían publicarse antes de su muerte, “podrían incomodar a la familia”, dijo el escritor quien en sus diarios no mostraba el hombre ingenioso y encantador que había conocido Benjamin sino que expresaba un montón de cosas dolorosas. Hace poco el hijo de Susan Sontag, David Rieff, también tuvo el mismo dilema. En este caso la decisión y la selección fueron completamente de él porque Sontag murió sin dejar instrucciones sobre el destino de sus archivos dispersos.

En el caso de Ribeyro, según una nota que publicó El Mercurio el año pasado, los diarios finales del escritor, que van desde 1979 hasta 1994, están guardados en un banco de París. Alida Cordero de Ribeyro manifestó que hasta que no encuentre una editorial que se comprometa a una distribución íntegra, los lectores no podremos leer la última frase que en los diarios se vuelve un asunto total. Por algo, después de leer los de Pavese los lectores no olvidamos: “Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más”. ¿Qué habrá escrito Ribeyro? Después de 18 años de su muerte yo creo que los lectores nos merecemos el final.

desdeelcuarto@gmail.com / @d_aristizabal

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Boyancio

Lun, 12/03/2012 - 03:40
Saber, sumercé, que leyendo sus brotes de intelectual postura conocedora de muchas obras de valor cuasiperdido, he perdido mi precioso tiempo, pues no sirve eso pa na.
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