Por: Columnista invitado

La inversa violencia de género invisibilizada

Cuando se habla de violencia de género se hace referencia a la mujer, tanto por el factor de riesgo que significa serlo en una cultura patriarcal, como por su vulnerabilidad física y social. Estadísticas y estudios sociológicos hechos tanto en Colombia como en otros países, demuestran que las mujeres han sido violentadas históricamente por los hombres, por un sistema desigual y excluyente que las redujo durante centurias al ámbito doméstico y les negó el derecho a ejercer una ciudadanía activa. Hoy sabemos que toda agresión perpetrada contra una mujer se interpreta como violencia de género porque está relacionada con una desigual distribución del poder y con relaciones sociales y culturales asimétricas que se establecen entre ambos sexos. Sin embargo, existe una violencia de la que poco se habla, y ese silencio tiene múltiples explicaciones. Hablamos de la violencia que algunas mujeres ejercen sobre los hombres.

Las formas de violencia que se practican contra la mujer son ampliamente conocidas así como las políticas que se han dispuesto tanto para su erradicación como para la inclusión, la participación y el empoderamiento de la mujer. En Bogotá se creó la Secretaria de la Mujer, Canal Capital cuenta con un espacio dedicado a temas de género, y desde el 2009 existe el Sistema Orgánico Funcional Integral y Articulador para la Protección a Mujeres Víctimas de la Violencia (Sofía), para la prevención de las violencias contra las mujeres y el trámite de denuncias a través de las Casas de Igualdad de Oportunidades.

Pero más allá de lo que se denuncia y lo que se calla (se estima que el 73% de las mujeres no denuncia las agresiones de su pareja), y sin caer en generalidades ni absolutismos, la gran mayoría de mujeres en Colombia ha sido objeto de algún tipo de violencia durante sus vidas, pero también, en menos proporción, muchos hombres han sido agredidos por sus ex parejas, ex amantes, sus jefas, incluso, sus madres o hijas, y no se les han garantizado sus derechos constitucionales a la defensa, el buen nombre, la presunción de inocencia y la igualdad.

Las violaciones a los Derechos Humanos afectan tanto a hombres como a mujeres, pero su impacto y sistematicidad varía de acuerdo al sexo de la víctima. No obstante, reconocer que los hombres son mayoritariamente sujetos activos de la violencia en cualquiera de las categorías de violencia intrafamiliar que se conocen en el mundo, no puede llevarnos a incurrir en otra forma de discriminación. Dar plena credibilidad al testimonio de una mujer, sin valorar otras consideraciones, sólo por el hecho ser mujer contraviene políticas públicas sobre igualdad, derechos y ciudadanía. Cualquier ser humano, más allá de su género, puede ejercer violencia. Hay violencia de hombres contra hombres y también de mujeres contra mujeres, en distintos ámbitos y tipos de relaciones.
Una violencia silenciada

La mayoría de los hombres que han sido víctimas de violencia por parte de mujeres, bien sea en el plano laboral, sexual o sentimental, no denuncian. Muchos no lo hacen por vergüenza, (porque en una cultura patriarcal el poder lo ejerce el hombre y mostrar debilidad ante una mujer lo convierte en objeto de burlas y discriminación), por temor a sufrir represalias, porque sus derechos sobre los hijos podrían verse afectados o porque saben que el sistema está diseñado para dar mayor credibilidad a la mujer.

Cifras de Medicina Legal confirman que este tipo de violencia es padecida por muchos hombres. En Colombia, entre el 2011 y el 2012, 61 hombres fueron asesinados por sus parejas o exparejas y en ese último año, 6.779 hombres denunciaron ser víctimas de maltrato. En España el 25% de las denuncias por violencia doméstica, corresponde a hombres maltratados por sus parejas. Y en términos generales, se estima que un 8% de las denuncias por violencia de género presentadas por mujeres, son falsas, lo que constituye otra forma de agresión, porque la falsedad, injuria o calumnia es una violación a los derechos fundamentales que conciernen a todo ser humano.

Ni la legislación ni la sociedad pueden desconocer que las mujeres, como todo ser humano, pueden ser proclives al engaño y al abuso de poder, estar motivadas por bajas pasiones, por la necesidad de ejercer dominio sobre otros y, en algunos casos, pueden incurrir en la calumnia, el chantaje y la agresión física o psicológica para vengar algún tipo de despecho sentimental o destruir la vida de un supuesto adversario. Las mujeres han sido históricamente tomadas como objetivo sexual de los hombres, y estos a su vez han sido tomados como objetivo económico de muchas mujeres, pero también se producen situaciones inversas. Hay mujeres que chantajean a los hombres para mantener una relación amorosa, que se hacen embarazar para asegurar una cómoda manutención o retener a un hombre, que lanzan falsas acusaciones para obtener ventajas en una separación o para desquitarse; mujeres que seducen para esclavizar y que subyugan a través del sexo. Una frase que muestra el espíritu de cosificación de algunas mujeres, y que he escuchado en más de una oportunidad, es aquella que emplean para justificar su exhibicionismo para atraer a un hombre: “Lo que no se muestra no se vende”. Es evidente que este tipo de mujer se asume como objeto de mercado y de placer, y que es consciente de su poder para someter a otro. También es cierto, de manera más recurrente y común en nuestra sociedad, que algunas mujeres que se han convertido en madres separadas o solteras, usan a sus hijos como moneda de cambio para chantajear a sus exparejas, obtener beneficios económicos o vengar el fracaso en la relación sentimental. Incluso suelen tornarse más agresivas e incisivas, cuando descubren que el padre de su hijo o de su hija, ha iniciado una nueva relación afectiva.

El tema de mujeres vengativas, que padecen alteraciones mentales o afectaciones psiquiátricas, que siguen libretos de inteligencia militar, que infiltran organismos y operan como espías y prostitutas, y que se convierten en transgresoras de los derechos masculinos, ha sido retratado en taquilleras películas hollywoodenses infinidad de veces, pero la realidad es más compleja y dolorosa de lo que enseña el cine o la literatura, y puede producir graves afectaciones humanas y sociales que aunque no trasciendan a la esfera de lo público, nos sugieren la existencia de un tipo de discriminación que debe ser superado y que debe llevar al análisis de estas formas de violencia.

El caso del periodista y escritor Antonio Morales, como otros casos similares, una vez sea resuelto ante los estrados judiciales y sean de público conocimiento las verdaderas motivaciones que estimularon la denuncia y la afanosa búsqueda de un escándalo mediático, debe propiciar un debate abierto sobre estas múltiples formas de agresión silenciosa que se ejercen casi siempre en el ámbito privado o laboral contra el hombre. Ellos callan porque saben que el hombre agredido, cara o cruz, siempre lleva las de perder. Tristemente en el imaginario colectivo el hombre siempre tiene que dar cuenta de su hombría, y en caso de hablar o denunciar maltrato, no se le creería ni se le daría mayor resonancia porque dentro de este sesgo cultural que padecemos es casi impensable que un hombre pueda ser la víctima. Nuestra sociedad es artífice y cómplice de estas formas de violencia y discriminación.

En las páginas rojas de algunos de los más importantes periódicos del mundo han circulado varios escándalos que comprometen a figuras públicas en casos de violencia y abuso contra la mujer. Como común denominador se observa que siempre se parte de la presunción de culpabilidad del hombre, bajo la creencia tácita de que la mujer no miente en estos temas, pero la historia y recientes casos, como el sonado pleito en Suecia contra Julián Assange, por delito sexual, contradicen este supuesto.

Es necesario que en el país se empiece a debatir de manera pública las políticas de género que, al amparo del Derecho Internacional, desconocen la naturaleza humana de las mujeres, sus posibles alcances y que asigna una desmedida credibilidad a sus dichos sin considerar que los hombres también pueden ser victimizados por las mujeres, y que estas del mismo modo pueden y saben ejercer la violencia.

El daño que ocasiona una falsa denuncia y una falsa víctima no puede pasar desapercibido; además de generar profundo malestar social, produce violentas estigmatizaciones, vulnera derechos constitucionales y lleva a que a futuro se dude de las verdaderas víctimas, se les impongan exigencias extras para su reconocimiento, se parta del principio de mala fe en cualquier proceso judicial y se imponga un manto de duda sobre causas justas y necesarias.

Nota 1: Los linchamientos públicos en el caso Morales, a través de las redes sociales, azuzando el odio y burlando derechos fundamentales, como la presunción de inocencia (artículo séptimo del Código de Procedimiento Penal), nos indican que estamos asistiendo a una especie de matoneo virtual que empieza a ser utilizado por personajes siniestros de la extrema derecha nacional con fines políticos, y que tras banderas democráticas o discursos pro Derechos Humanos y equidad de género, se ocultan conflictos de otra naturaleza, revanchismos e intereses mezquinos.

Nota 2: Me declaro feminista, defensora de los Derechos Humanos, y siempre, por vocación, ética, justicia, sentido del decoro y la responsabilidad humana, estaré al lado de las víctimas y de los sectores más vulnerables de la sociedad; justamente ello me permite reconocer y decir que hay falsas víctimas, que hay mujeres que victimizan, que lanzan falaces acusaciones, que se valen de una pretendida posición de vulnerabilidad, alentada por una sociedad machista, para hacerse pasar por víctimas. Hay mujeres que violentan a otros seres humanos de muchísimas maneras, no solo mediante la agresión física, sino también y sobre todo a través de la mentira, la manipulación, el engaño, el chantaje, la calumnia y la difamación. Mi posición siempre será en defensa de la víctima de las injusticias, sin que medie género, posición social o filiación política; por eso siempre defenderé el derecho a la verdad y a la justicia.

 

 

 

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