Por: Carlos Granés

Invocar al lobo feroz

La derecha paranoide norteamericana suele apelar al miedo de sus ciudadanos para movilizar su agenda política. Exacerba el miedo a los musulmanes para impedir la construcción de mezquitas, el miedo a los psicópatas para no regular el mercado de armas, el miedo a los latinos para cerrar fronteras y diseñar leyes que criminalizan la inmigración.

Samuel P. Huntington recogió varios de estos temores en su clásico El choque de las civilizaciones, un libro en el que pronosticaba un mundo fracturado por identidades y culturas, condenado al tenso amparo de los intereses particulares. La amenaza más próxima para Estados Unidos, según él, éramos nosotros, los latinos, que con nuestra voluptuosidad procreadora, nuestro catolicismo laxo y nuestro idioma, amenazamos con fragmentar el país en dos civilizaciones.

Los latinoamericanos solemos estar de acuerdo en denunciar ese alarmismo como un típico vicio de la política estadounidense. Vemos fácilmente lo que hay detrás de ese populismo ramplón, que se atiza despertando las más bajas pasiones. En lo que no nos ponemos de acuerdo es en denunciar la misma práctica cuando se convierte en estrategia de políticos locales. Porque en América Latina también se ha alimentado, con los mismos fines electoralistas, el miedo al Imperio. Los antiimperialistas beligerantes se comportan igual que su antítesis del norte para captar adeptos. Actúan como si la historia se hubiera estancado en la Guerra Fría —años en que, efectivamente, los estadounidenses cometieron todo tipo de inmoralidades en América Latina— y cada acercamiento entre las dos partes del continente supusiera una violación de la soberanía o una expoliación. Puede ser halagador creer que la potencia mundial se desmelena por nosotros, pero lo cierto es que, como mínimo desde 2001, Estados Unidos no mira hacia el sur. Excepto por el tráfico de drogas, la atención del vecino del norte ha estado puesta en el Medio Oriente, China y Rusia. Pensar que Obama no duerme planeando estrategias para invadir Cuba o quedarse con el petróleo venezolano es, sencillamente, ridículo.

Sin embargo, la letanía de la amenaza externa sigue siendo efectiva. Es efectiva allá, en donde expulsar a los jóvenes latinos que llegaron siendo niños da votos en los estados del sur; y es efectiva acá, donde líderes populistas alimentan el odio y el nacionalismo echándoles la culpa de todos los males a los gringos. La obsesión de la derecha norteamericana es la pureza de su cultura blanca y protestante, y la obsesión de la izquierda latinoamericana es la dignidad de sus pueblos, que por lo visto sufre una herida irreparable cada vez que se comercia, se pacta o se importa la cultura del enemigo. La solución de ambos bandos es el aislamiento y la incomunicación, cuando no la confrontación. Esto, desde luego, no conduce a nada. Ellos dejan de ser esa Meca de la inmigración que recoge talentos de todo el mundo para dinamizar sus laboratorios, industrias y universidades, y nosotros nos quedamos con el autócrata de turno, oyéndolo contar, una vez más, el terrible y larguísimo cuento del lobo feroz.

 

* Carlos Granés

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