Por: Santiago Gamboa

Italia y Colombia en el espejo

Es curioso cómo dos países tan diferentes, Colombia e Italia, resulten tan parecidos en las picardías políticas. En Italia, Berlusconi vuelve a ser candidato diciendo que va a salvar el país de la profunda crisis económica creada, según él, por los malvados alemanes y la complicidad del gobierno de Monti, y argumenta con chistes que a pesar de haber sido presidente durante 18 años y Monti sólo uno, ¡él no tiene nada que ver! Todo lo contrario: es él quien va a salvarlos.

Por supuesto que, en Italia, cualquiera con un nivel de educación medio se da cuenta de que estas palabras son escandalosas y por eso gritan y vociferan, y claman también la Comisión Europea y el Financial Times y The Economist, pero ocurre que los votantes de Berlusconi, esa mayoría de provincia o de empresarios que tienen intereses con él, ni leen ni les importa The Economist ni el Financial Times y sólo tienen una vaga idea de lo que es la Comisión Europea, y del otro lado, los que lo denuncian y critican, y esto Berlusconi lo sabe muy bien y lo tiene calculado, son los mismos que llevan dos décadas votando contra él, acusándolo, denunciándolo sin que nunca le pase nada. Por eso en su campaña Berlusconi puede decir, literalmente, ¡lo que se le dé la gana! Cualquier exageración o pendejada que se le cruce por la mente. El día de la memoria de la Shoa, por ejemplo, dijo que Mussolini “también hizo cosas buenas”, y con eso sumó votos fascistas, de los que compran ceniceros y calcomanías del Duce. ¿Qué le importa? Los que reaccionan gritando, ¡escándalo!, de todas formas no van a votar por él.

Algo similar pasa en Colombia con Uribe: una desfachatez calculada. Al enviar un tuiter con la foto de dos soldados muertos, sin ninguna ética ni respeto, al decir que Colombia está al borde del abismo y que los terroristas irán al Congreso (¿no fueron ya durante su gobierno Mancuso y Cia.?), cuando dice que la economía se hunde porque sí, ¿a quién se dirige? Los que ven su evidente jugarreta y vociferan no van a votar ni por él ni por los suyos, y por lo tanto, como a Berlusconi, ¿qué le importa a Uribe decir cualquier disparate con tal de encender a las masas? Según él no hay seguridad en el país, tapando con el dedo que él fue el jefe durante ocho años. Igual que Berlusconi con la crisis, Uribe dice: yo no fui, fue él. ¿Y qué clase de seguridad es esa que nos dejó, que se deteriora tan rápido? Si fuera un producto de supermercado habría que devolverlo y pedir reembolso. Las bravatas de Uribe no resisten el más mínimo análisis, pero la masa a la que van dirigidas no hace ese mínimo análisis. Y en ese medio, la verdad es espeluznante: entre más grosería y tripas al aire, entre más insultos y chistes vulgares, más votos. Lo tienen calculado.

Ahora bien, lo que sí no comprendo de Uribe es qué jugada de tres bandas esconde al poner de presidenciable a Pacho Santos. ¿Por qué darle semejante ventaja a sus rivales? No le faltó sino poner de fórmula vicepresidencial a José Obdulio para completar el sembrado de papaya. A no ser que lo de Pacho sea como esas “mulas” que van ya señaladas para que, al llegar al aeropuerto de Madrid, la policía las agarre abriéndoles paso a los que sí son importantes. Esto ya lo veremos.

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