Por: Adolfo León Atehortúa Cruz

Jaime Garzón Forero: doctor en Educación

Decía Chaplin que un día sin reír es un día perdido. Y tras ese propósito, Jaime Garzón Forero, en vida, mostró en sus dones y con creces la reivindicación de la risa. Pero no cualquiera; Jaime no era un humorista en el sentido laxo, usual, y a veces profano del término. La risa de Jaime tuvo la virtud de provocar amor por la espontaneidad con que también lo entregaba.   

Jaime Garzón era, él mismo, una original apoteosis de la risa, una genial celebración de la alegría. Pero, más allá de ello, Garzón era un filósofo, un pensador, un intelectual con brillo propio. Su humor no fue nunca vacío ni pueril, insulso ni grotesco. Con cualidades excepcionales, en serio o en broma, Jaime Garzón nos legó con cada intervención una idea profunda, una enseñanza, una crítica, un mensaje. Hoy, 18 años después de su asesinato, Jaime sigue siendo visto, leído, citado. Sus palabras no pierden actualidad, sus reflexiones siguen vigentes, su aporte a la manera de escudriñar lo social, revisitado.

Se ha cumplido el anhelo que Jaime expresó alguna vez en una entrevista concedida a Daniel Coronell:

Me gustaría que lo que digo ahora valga no solo para hoy, sino que valga para mañana, para un año, dos años, cinco, diez. No repetirlo, sino que lo que he dicho hoy valga para muchos años. Paul McCartney dijo alguna vez: “Juro que no morí”. A mí me gustaría no morir. No morir en la historia.

El deseo de Jaime se cumplió. Vive en la memoria de Colombia, ha pasado a la historia. Pero vive, sobre todo, por la herencia que su expresión dejó; porque su ejemplo, parodiando a Antonio Machado, ha ido a parar al pueblo y ha fundido el corazón en el alma popular.

Sin retórica, con una sensibilidad inigualable, Jaime Garzón iluminó la concepción popular sobre la vida, recreó nuestra cultura, nos mostró la realidad con sencillez y pureza, destacó sus personajes con una habilidad histriónica inimitable. Permanecen en nuestro recuerdo los actos y las frases de Dioselina Tibaná, la cocinera de Palacio; Néstor Elí, el portero del edificio Colombia; John Lenin, el joven revolucionario; Inti de la Hoz, una reportera superficial que desde su perspectiva farandulera narraba la realidad de la política colombiana; William Garra, el reportero improvisado, entre muchos otros personajes con los cuales dibujó al país para reír pensando. Jaime fue un auténtico sociólogo de teoría, práctica y enseñanza con sus actos e interpretaciones.

Con el título de doctor honoris causa en Educación que le concedió la semana pasada la Universidad Pedagógica Nacional, se ha querido destacar la esencia de su obra: sus palabras y su risa, su puesta en escena, su lucha a favor de las víctimas del conflicto, su pensamiento agudo, su crítica sin tapujos, su sensibilidad frente a los problemas del país, su identidad con los sectores populares, su arte de visionario, rebelde y tolerante. Todas estas cualidades, justamente, hicieron de Jaime Garzón un educador y un perpetuo formador en la paz y en los derechos humanos. Desde Zoociedad o Quac; con las ilustradas entrevistas que realizaba Heriberto de la Calle mientras embolaba o con el efecto cáustico y en negativo de Godofredo Cínico Caspa; con la personificación sarcástica del Führer o con la desfachatez del oficial del Que mando Central, Garzón ejerció con creces la función de un pedagogo social, la labor de un maestro extraordinario.

No cabe duda de que Jaime Garzón fue una estrella en el firmamento de la inteligencia y la reflexión en Colombia sobre el devenir de una sociedad marcada por la violencia, el estigma, la muerte y la desesperanza. Tuvo la habilidad de combinar la diversidad con la consecuencia, el rigor con la exploración permanente, la alegría con la profundidad, la sátira y el humor con la búsqueda de alternativas. “Hay que darse la pela por la paz”, dijo alguna vez, y esa pela hay que seguírnosla dando. Hoy, más que nunca, es preciso gritar la frase de Neruda: “Pudieron cortar una flor, pero no lograron detener la primavera”: fracasó el execrable crimen de Estado y lesa humanidad del cual fue víctima. Jaime, protagonista y símbolo de la educación en Colombia, continúa presente en nuestro quehacer y en nuestras vidas, sin olvido.

El Acuerdo del Consejo Superior Universitario de la Universidad Pedagógica Nacional por el cual se le concedió el título honoris causa a Jaime Garzón Forero lo exalta como ejemplo para anteriores y nuevas generaciones. Advierte que su memoria sigue interrogándonos por aquello que somos y seremos en este preciso momento que vive Colombia; subraya la importancia de rescatar el diálogo, la discusión y la lucha de ideas por encima de la violencia, como legado de Jaime.

* Rector, Universidad Pedagógica Nacional.

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