Por: Esteban Carlos Mejía
Rabo de paja

Jane Austen, virgencita de mi corazón

Hay arranques de novelas que jamás se marchitan.

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”, proclama la primera frase de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, 1605.

“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.”, escribió el casto Vladimir Nabokov al comienzo de su elegía de amor, Lolita, 1955, no apta para capataces perniciosos o sacristanes de pacotilla.

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”, y la perfección casi intemporal de Cien años de soledad, 1967, se desborda con la imaginación de Gabriel García Márquez.

Y no menos sutil: “Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa”, el inicio de Orgullo y prejuicio, novela ejemplar de miss Jane Austen, virgencita feliz, virgencita idolatrada, muerta en olor de santidad literaria hace 200 años, en Winchester, en 1817.

Orgullo y prejuicio es ejemplar. Sus jóvenes protagonistas, Elizabeth Bennet y Fitzwilliam Darcy, se enamoran, se buscan, se consiguen, se esquivan, se alejan, se vuelven a buscar, se vuelven a conseguir, se aman y se casan. ¡Final feliz! ¿Algún problema? Yo amo las novelas con finales felices, esa ofrenda que la ficción brinda a la ordinariez de la vida. Ante todo, una novela debe divertir, entretener, abstraernos de la realidad. Leer es dejar de ser. Y leer novelas es dejar de ser y ser… otros: héroes o villanos, escuderos o amantes asimétricos, guerreros sin cuartel y sin amor o señoritas en edad de merecer. Bajo ese axioma, Orgullo y prejuicio, 1813, es pura diversión. Más sentido común, buen humor, inteligencia y finura. 300 páginas (mínimo) llenas de banalidades: ¿me caso o no me caso?, ¿busco la felicidad o me amargo la vida?, ¿acepto y cedo?

Como señaló Somerset Maugham en Diez novelas y sus autores, 1955: “Miss Jane Austen es maravillosamente legible, más legible que algunos novelistas más grandes y más famosos. Ella trata de cosas comunes, «de las complicaciones, sentimientos y caracteres de la vida común»; en sus libros no pasa mayor cosa, y sin embargo al llegar al final de una página uno la pasa ansiosamente para saber qué va a suceder en seguida. No pasa mayor cosa y de nuevo uno le da vuelta a la página. El novelista que tiene la capacidad de hacer esto tiene el más precioso don que pueda poseer un novelista”. ¡Ay, miss Jane, quién fuera Darcy!

Rabito: Daniel Samper Ospina hace chistes. Álvaro Uribe Vélez hace calumnias. He ahí la diferencia entre gozar y rabiar.

Rabillo: “Aprendamos un verso, porque un verso nos enseña: (…) no odiar el odio”. Álvaro Uribe Vélez, revista SoHo, #50, abril de 2004. “No odiar el odio” (sic). O sea, “en impresos y manuscritos españoles, por lo general entre paréntesis, para dar a entender que una palabra o frase empleada en ellos, y que pudiera parecer inexacta, es textual”. Literal, al pie de la letra, tal cual: “No odiar el odio”. Y después algunos dicen que Uribe no les da ni calor ni frío. Y otros, más campantes aún: “No soy uribista ni antiuribista”.

@EstebanCarlosM

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