Por: María Elvira Bonilla

Juan Manuel Santos vs. Santos presidente

CUANDO JUAN MANUEL SANTOS HAbla espontáneamente, sin guión, y dice lo que de verdad piensa, suele embarrarla. Sucedió con la frase que incendió el paro agrario que avanzaba en todo el país, al calificarlo de un “tal paro campesino que resultó menor de lo esperado”.

 Un comentario presidencial que los miles de labriegos recibieron con razón como peyorativo y ofensivo para sus reclamos y capacidad de convocar el indudable malestar campesino. A partir de ese momento el paro se transformó en la dinamita de una movilización que aún está viva, a la espera de incumplimientos gubernamentales para reactivarse. No fue que el presidente “dio papaya” con su comentario, como trató de justificarse. Simplemente expresó lo que de verdad cree sobre la crisis del campo y de los campesinos.

El jueves pasado “lo traicionó nuevamente el subconsciente”, en Cali durante la inauguración de la Cumbre Mundial de alcaldes y mandatarios africanos y afrodescendientes. Frente a un auditorio interesado en conocer de viva voz la posición presidencial frente a la política de inclusión racial, Juan Manuel Santos nuevamente mostró su alejamiento o desconocimiento de la realidad y de la sensibilidad de la gente común que conforma a nuestra sociedad. Inició su presentación diciendo que llegaba acompañado por el nuevo ministro de Minas, Amylkar Acosta, la cuota afro en el gabinete junto con Alfonso Gómez Méndez, quien no estaba allí por no haberse aún posesionado como ministro de Justicia. Un chiste flojo, irrespetuoso con el auditorio y que lo delata en su insensibilidad frente a temas de alto impacto. Su desafortunado comentario fue de pésimo recibo y, convertido en la comidilla de la Cumbre, borró, como ocurrió con lo del “tal paro campesino”, cualquier buena intención gubernamental frente a los conciudadanos afros.

Para empezar, ni Acosta ni Gómez Méndez se identifican como afros. Los representantes de las negritudes se sintieron burlados. Una población grande, crecientemente organizada y movilizada en torno a sus derechos constitucionales y legales y que hacen sentir su voz sobre temas críticos, expresada a través de las consultas previas para aprobación de leyes, realización de obras y autorizaciones para explotaciones económicas, especialmente mineras.

Con su comentario el presidente puso en evidencia un odioso y antidemocrático talante clasista y racista que sobrevive en sectores de la élite bogotana de la cual él forma parte y que disimula con el discurso oficial “libreteado” pero que aflora inconscientemente cuando se expresa desprevenidamente. Y cae pésimo.

Sus contradicciones explican una buena parte del desmoronamiento de la imagen y aceptación ciudadana de Santos. Sus bandazos oportunistas, acomodaticios a las circunstancias, su retórica desprovista de contenidos nacidos de la realidad. La gente, la llamada opinión pública, percibe y rechaza la falsedad, la hipocresía. El liderazgo exige coherencia entre el pensamiento y la acción; entre las palabras y los hechos. El líder actúa con convicción. Convicción de la que carece Santos frente a muchas de las políticas que ha impulsado, que son importantes en sí mismas pero con las cuales no se identifica. Las deja ahí “a ver qué pasa”. Las asume por interés o conveniencia política, no por convicción. Y así no salen las cosas.

 

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