Por: Armando Montenegro

Judas

Es probable que numerosas personas se hayan topado en estos días con la figura de Judas Iscariote, el traidor, el apóstol que supuestamente vendió a Jesucristo a cambio de unas monedas de oro. Con la acusación de que Judas representa al pueblo que entregó, condenó y mató a Jesucristo, su figura ha sido a lo largo de los siglos una de las principales justificaciones del sangriento antisemitismo de varios países de Occidente.

Una figura tan compleja como la de Judas se ha mirado desde otros ángulos. Hace unos años, por ejemplo, National Geographic publicó el texto del llamado Evangelio de Judas, un raro escrito gnóstico del siglo II en el que este personaje aparece como el discípulo amado, que siguió el mandato de Jesús de entregarlo a sus verdugos con el objetivo de completar el ciclo de su pasión, muerte y resurrección (varias décadas atrás, ésta había sido una de las interpretaciones que proporcionó uno de los personajes de un cuento de Borges en Ficciones).

Amos Oz, el célebre escritor israelí, publicó en 2016 su última novela, Judas, en la que se entrecruzan distintas visiones sobre este apóstol con los conflictos de sus personajes y varios episodios de la historia reciente de Israel.

La novela gira alrededor de Shmuel Ash, un joven que trata de escribir una tesis sobre los enfoques del judaísmo acerca de Jesucristo, un tema que rápidamente lo lleva a encontrarse, de frente, con la figura de Judas. La interpretación que desarrolla Shmuel es interesante. Sostiene que Judas se unió al grupo de discípulos de Cristo como una especie de espía de las autoridades, pero que pronto se convirtió y llegó a ser el más fervoroso seguidor y creyente en la divinidad de Jesús, incluso más que su propio maestro (añade además que Judas era rico y próspero, un hecho que contribuye a desvirtuar la tesis del soborno final). Judas convenció a Cristo, por encima de sus propias dudas y vacilaciones, de que viajara a Jerusalén en la Pascua, y una vez allí intrigó ante las autoridades para que lo crucificaran. No lo hizo por traidor, sino porque estaba convencido de que esta era la vía para que Cristo resucitara y probara su divinidad. Era tal su fe, según Shmuel, que Judas fue “el primer cristiano. El último cristiano. El único cristiano”.

Pero, como sabemos, las cosas no salieron bien. Judas vio de cerca el sufrimiento y los gritos desesperados de Cristo en la cruz; escuchó sus reclamos por el abandono de su padre y presenció su agonía y su muerte. Como no fue testigo de la esperada resurrección, Judas se llenó de dudas y perdió la fe. Se culpó de haber provocado la muerte del hombre que admiró y amó como nadie. Se desesperó y se quitó la vida.

La tragedia de Judas se entrecruza con los conflictos de los personajes contemporáneos de la novela. El supuesto traidor en el libro de Oz es un dirigente sionista, pero opuesto a todos los nacionalismos, que apoya la convivencia pacífica con los palestinos y, en consecuencia, se opone a la creación del Estado de Israel. A raíz de sus posturas, muere solo, aislado y vilipendiado por sus antiguos colegas. Representa, de alguna manera, al propio Oz, quien ha sido partidario de la creación de un Estado palestino independiente y ha sido un crítico permanente del partido que gobierna desde hace décadas a su país.

Amos Oz (2016), Judas, Boston and New York, Houghton Mifflin Harcourt.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Armando Montenegro