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Diego Aristizábal 21 Abr 2013 - 11:00 pm

La justicia: el dinosaurio colombiano

Diego Aristizábal

Yo tengo una amiga que es ingeniera agrónoma pero que debió ser periodista. Sus puntos de vista, su inteligencia, la manera como expresa las cosas siempre me dejan asombrado.

Por: Diego Aristizábal
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    http://www.elespectador.com/opinion/justicia-el-dinosaurio-colombiano-columna-417452
    http://tinyurl.com/c55v9zv
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Diana Londoño estudia un postdoctorado en Holanda sobre cosas que le importan muchísimo al resto del mundo menos a Colombia; sin embargo a ella le preocupa mucho Colombia y le duele este país que se empeña en no volverla a ver. Hace poco me compartió un escrito que a continuación parafraseo porque me siento identificado con cada uno de sus pensamientos.

Dicen que las comparaciones son odiosas, pero a mí me parecen adorables. A ver si algún día despertamos. En Estados Unidos en cuestión de cuatro días identificaron a los responsables del atentado en Boston, los persiguieron y los capturaron.

En Colombia, según uno de los comandantes de la Policía, tienen plenamente identificados a los miembros de los combos que azotan a Medellín, las ollas de vicio, las cabezas de las bandas criminales. Los tienen “identificados”, sólo les falta perseguirlos, capturarlos y garantizar que no sigan delinquiendo en la cárcel. Nuestra justicia es un dinosaurio, se quedó estancada o, por lo visto, se extinguió. Pero el crimen y los criminales sí evolucionan y se mueven con rapidez. Los asesinos caminan muy orondos por las calles, por sus calles, porque se adueñaron del espacio público, de las ciudades donde trabajan y viven sin miedo; tal vez por eso les tenemos que pedir permiso a los señores de la muerte para pasar de una cuadra a otra, o tenemos que pagarles para que nos permitan hacer cosas que no tienen ningún precio. Recordemos nada más lo que pasa en Medellín. Los niños del barrio Limonar de San Antonio de Prado tienen que pagarles a los extorsionistas entre 500 y mil pesos para poder estudiar. “Qué triste que los espacios de la educación se conviertan en escuelas de la extorsión”, me dijo mi esposa indignada.

La justicia, o mejor, la injusticia, sigue sin resolver los asesinatos de Jorge Eliecer Gaitán, Luis Carlos Galán, Héctor Abad Gómez, Jaime Garzón, los miembros de la UP, en fin, la lista es larga. Roban los congresistas, los contratistas, los financistas y no pasa nada. No es sino ver el informe que publicó la revista Semana (“El segundo bogotazo”, abril 15 de 2013), sobre cómo se robaron la plata en la capital, para sentir una profunda rabia al darnos cuenta de que no se resuelve rápidamente nada. Pero quien se roba un pan o un caldo de gallina lo meten a la cárcel y le dan una condena ejemplar en cuestión de horas porque "se tiene que sentar un precedente". La justicia es injusta porque sólo sienta precedentes con los pobres que no son mañosos ni tienen plata para sobornar y desviar las investigaciones.
Con semejante panorama, lo único que seguiremos viendo, ante la ausencia de mecanismos que brinden mínimas garantías de protección a los ciudadanos, es cómo muchos siguen haciendo las cosas “a su manera”. Entonces, quienes pertenecemos a la gran masa de gente que trabaja en la legalidad y sobrevivimos nos tocará aceptar con cabeza gacha la ley impuesta por el terror y por la injusticia; nos tocará tragarnos todas las inequidades, todo el dolor del día a día. Es terrible ver cómo el sentimiento de desprotección y abandono cala en el inconsciente colectivo y se convierte en desesperanza y en desidia. "Para qué denuncio, para qué hago, para qué sueño...", pueden ser las frases más pronunciadas en este país de bandidos que no da muestras de cambio; al contrario, mantiene inmerso a sus habitantes en el más profundo desasosiego porque destruye las ilusiones.

desdeelcuarto@gmail.com / @d_aristizabal

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