Por: Aldo Cívico

Justin Bieber y los grafiteros de Colombia

Hace una semana, cuando salió furtivamente de su hotel para ir a rayar una pared de la calle 26 en Bogotá, Justin Bieber probablemente no se imaginaba que iba a encender un agitado debate y a provocar una reacción en cadena que terminó legitimando el grafiti y el arte urbano.

Las imágenes transmitidas por los medios de comunicación fueron chocantes. Mostraban a Justin Bieber en compañía de unos amigos pintando una pálida hoja de marihuana y la bandera canadiense, mientras que la policía le brindaba protección, cerrando incluso un carril de la calle. Para los miles de grafiteros de toda Colombia, quienes han sido a menudo acosados por la policía, e incluso asesinados, como en el caso del joven Diego Felipe Becerra, las imágenes fueron un insulto. En un primer momento los grafiteros desataron su frustración contra la policía y la celebridad protestando en las redes social. En seguida se dieron cuenta de que Justin Bieber les había proporcionado una oportunidad única. Si él puede rayar, entonces también los grafiteros colombianos deberían poder hacer lo mismo, y si la policía protege a Justin Bieber, debería proteger y no acosar a los grafiteros.

Las imágenes también pusieron a la policía contra las cuerdas, ya que de ahora en adelante les va a resultar difícil sostener una práctica de doble moral que han llevado a cabo sin mucha vergüenza: tener una conducta para los privilegiados y otra para todos los demás. Las declaraciones del director de la Policía Nacional, Rodolfo Palomino, de que el grafiti es un arte positivo y la “expresión de emociones y de motivación”, fueron oportunas. Estas palabras fueron memorizadas por los integrantes del movimiento del hip-hop. El que al parecer no entendió la cuestión fue el secretario de Gobierno de Bogotá, Guillermo Alfonso Jaramillo, quien quiere sancionar a Justin Bieber por su grafiti, lo cual es ridículo.

Pero hay que ser honestos. La actitud hostil de la policía hacia los grafiteros y la visión miope del secretario de Gobierno sólo reflejan la incomprensión y los prejuicios que son compartidos por amplios sectores de la sociedad. De hecho, el grafiti es a menudo visto como vandalismo cometido por jóvenes criminales que no tienen nada mejor que hacer. A su vez, estos prejuicios reflejan la falta de empatía y la incapacidad de entender verdaderamente, yendo más allá de un patético paternalismo, la condición de marginalidad en la cual viven millones de jóvenes colombianos y su ingenio para transcender su condición por medio del arte.

Por lo tanto fue significativo que durante el pasado fin de semana cerca de 300 grafiteros durante 24 horas ocuparan la calle 26, pintando 800 grafitis, en la misma zona en la cual estuvo Justin Bieber. De una manera creativa y no violenta nos educaron acerca de la esencia del grafiti: un acto de resistencia y de desafío, que afirma la voluntad de redefinir el espacio público como un espacio de inclusión, de participación y de compromiso. Porque la calle no se calla.

 

 

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