Por: César Ferrari

La creciente brecha entre latinos y asiáticos

Según el Banco Mundial, en 1990 el ingreso per cápita en Colombia era 1.209 dólares y en China 314; en 2014 ese ingreso fue 7.903 dólares en Colombia y 7.590 en China. Es decir, entre 1990 y 2014 el ingreso en Colombia aumentó 6,5 veces mientras que en China 24,2 veces. Esa expansión refleja un crecimiento económico promedio anual de 3,8 por ciento en Colombia y de 9,8 en China.

¿Por qué los chinos (y los coreanos y japoneses previamente) crecen a tasas tan elevadas y sostenidas, mientras que los latinoamericanos en general lo hacen a tasas tan mediocres?

No es por buena suerte para ellos y mala para nosotros, ni consecuencia de una conspiración internacional en contra nuestra. Si nos estamos quedando atrás es porque la política económica que aplicamos está profundamente equivocada. Y no por cuenta de gobiernos “populistas” o “responsables,” de  derecha o de izquierda: unos y otros han sido incapaces de lograr tasas de crecimiento asiáticas en cualquiera de nuestros países.

Desde los años 80 nos han dicho que para que la economía crezca aceleradamente es necesario liberar los mercados, abrirlos a la competencia internacional, dejarlos que se autoregulen, disminuir la intervención del Estado, es decir, privatizar las empresas públicas y reducir el gasto público para reducir los impuestos, para que esos recursos sean invertidos por el sector privado. Y si genera poca ocupación y concentra ingreso, del gasto público reducido debe subsidiarse a los pobres.

Los mediocres resultados de dicha estrategia se resumen en los datos anotados. Las razones son múltiples. En primer lugar, sin ingresos fiscales suficientes no se pudieron construir las carreteras ni la infraestructura necesaria para conectar los mercados internos o acceder a los mercados internacionales, ni ofrecer adecuadamente los servicios educativos, de salud y otros bienes públicos. Tampoco se pudo construir una institucionalidad que garantice derechos de propiedad, cumplimiento de contratos y ocupación estatal del territorio.

Segundo, los productores de bienes y servicios transables, exportables o importables, tuvieron que enfrentar la competencia internacional sin protección arancelaria, pagando costos financieros, de comunicaciones, de transporte y comercialización internos elevadísimos comparados a los que pagan sus competidores externos.

Más aún, lo hicieron sin protección cambiaria porque cuando los precios internacionales de las materias primas exportadas eran elevados producían revaluación de la tasa de cambio que, además, dados los costos financieros locales elevados, inducía a las empresas grandes con acceso a los mercados de créditos internacionales a financiarse en ellos importando más divisas que revaluaban más aún la tasa de cambio.

Los precios elevados de esos servicios son consecuencia de las ineficiencias existentes en los mercados respectivos; por ejemplo, “competencia monopolística en los mercados de crédito y casi cartel en los mercados de crédito de consumo”, según el Banco de la República. La regulación estatal fue incapaz de superarlas y al corresponder a servicios no transables los productores no tienen competencia internacional.

Así, a las empresas productoras de bienes y servicios transables distintos a las materias primas no se les permitió ser competitivas en los mercados domésticos e internacionales para vender y producir más. Y como no eran competitivas tampoco eran rentables; es decir,  capaces de generar utilidades elevadas. En consecuencia, la tasa de ahorro de la economía era reducida y, por lo tanto, la tasa de inversión también. Sin aumentos acelerados de la capacidad de producción, las tasas elevadas de crecimiento son imposibles.

Los beneficiarios  de la estrategia fueron los productores de materias primas y los de servicios no transables; los perjudicados, los demás. El problema es que los primeros son intensivos en capital y no generan ocupación suficiente: la tasa de desempleo y subempleo en Colombia fluctúa entre 35 y 40 por ciento de la población económicamente activa.

Ese no es el caso chino. Sus empresas son súper competitivas para vender en los mercados internacionales y, por lo tanto, súper rentables: a través de diversos mecanismos enfrentan tasas de cambio elevadas y estables y costos de servicios reducidos, lo que hace que sus tasas de ahorro e inversión sean elevadísimas: en 1990 y 2014 las tasas de inversión chinas eran 35 y 47,7 por ciento del PIB, y las colombianas 18,5 y 26 por ciento, respectivamente.

Si queremos crecer a tasas asiáticas, la recaudación tributaria, a cargo de los dueños y no de sus empresas, debe ser elevada para construir institucionalidad y ofrecer bienes públicos e infraestructura, y las empresas deben ser competitivas para vender, producir y emplear más, y generar tasas de ahorro e inversión elevadas… como los asiáticos.  

* Ph.D. Profesor, Pontificia Universidad Javeriana, Departamento de Economía.

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