Por: Mauricio Rubio

La doctrina también mata mujeres

El machismo puede ser mortal. Pero hay remedios peores que la enfermedad: silenciar diferencias biológicas entre los sexos le estaría costando la vida a miles de mujeres.

El feminismo de género ya interfiere el desarrollo de muchas disciplinas. Algunas doctrinarias de la igualdad se salieron del ámbito de discusión —filosófica, ética o política— sobre cómo debería ser el mundo para pretender definir la agenda de quienes buscan entender cómo funciona. Cordelia Fine, sofisticada militante, prescribe el tipo de supuestos aceptables en una investigación científica. Rechaza de partida lo que conduzca a resultados diferenciales por género. En su exitosa obra Delusions of Gender sentencia que muchas investigaciones “refuerzan y legitiman los estereotipos de género que interactúan con nuestras mentes, ayudando a crear esas mismas desigualdades que pretenden explicar”. En Testosterona Rex, su último libro, también rechaza cualquier afirmación sobre diferencias naturales entre los sexos, por discriminatorias. A ese paso, pronto estará vetado afirmar que los hombres son más altos que las mujeres, pues eso no ocurre en el 100% de los casos, no se puede definir una “estatura masculina” y aceptar tal cosa legitimaría la violencia física asociada con esta diferencia corporal.  

Camille Paglia cuenta cómo en los años setenta recibió una reprimenda de feministas por mencionar factores endocrinos en las conductas. “Declararon que había sufrido un lavado cerebral por generaciones de científicos sexistas. No solo cuestionaban el impacto de las hormonas en el comportamiento y la personalidad; de manera surrealista negaban la existencia misma de las hormonas. Me sentí como Alicia en el País de las Maravillas”.

Esta obstinación, que recuerda la “ciencia” estalinista vetando lo que contradijera las orientaciones políticas, se hizo cada vez más fuerte y ubicua, hasta devolverse contra las mismas mujeres. La terca e incongruente pretensión de que las diferencias entre sexos son irrelevantes se da precisamente cuando varias disciplinas descubren algunas que resultan cruciales para la salud femenina.

En un giro sustancial de política, en 2013 la FDA (Food and Drug Administration) anunció que reducía a la mitad, y solo para mujeres, la dosis recomendada de Ambien, un somnífero. Desde los noventa, la misma agencia sabía que ellas metabolizan el zolpidem, elemento activo de esta droga, mucho menos rápido que los hombres, pero no hicieron nada con esa información. Los estudios mostraron que ciertas usuarias del fármaco tenían dificultades para manejar al día siguiente, con un riesgo hasta cinco veces superior de morir en un accidente de tráfico. Se estima que estas pepas de dormir podrían haber provocado un “exceso de fatalidad” —por sobredosis, caídas y accidentes de tráfico- del orden de medio millón de muertes, con altísima proporción de mujeres.

Con notables excepciones, como las pruebas que llevaron a la prohibición de la talidomida, las diferencias sexuales en los estudios sobre drogas nunca fueron tenidas en cuenta, y las secuelas perversas de ese machismo se fortalecieron con el feminismo de género. Históricamente, los conejillos de indias han sido hombres jóvenes. Hasta los noventa, las mujeres en edad fértil eran explícitamente excluidas de las pruebas y todavía son pocas las que se ofrecen como voluntarias. En 1990 el NIH (National Institutes of Health) defendía la validez científica de ensayos de drogas con 350 mil hombres y ninguna mujer. Incluso muchos tests de fármacos diseñados para ellas se hacen sin incluirlas. Addyi, el Viagra femenino, fue ensayado en una muestra con menos del 10% de mujeres. A pesar de los aspectos noscivos, fue aprobado. Se pensó advertir en el empaque que no era recomendable para mujeres que ingirieran alcohol pero la presión de militantes feministas sobre la FDA hizo que primara el principio de igualdad de género. En una insólita alianza, la farmacéutica fabricante organizó un grupo de presión, “Empata”, para promover una “salud sexual igualitaria”: hombres y mujeres deben disponer del mismo número de drogas para la disfunción sexual, así los problemas masculinos sean de erección, casi mecánicos, y los femeninos de deseo, cerebrales, más complejos y con efectos secundarios.

Las doctrinarias no tienen reparo en estigmatizar científicos que propongan pruebas con la variable sexo, o mencionen reacciones diferenciales ante los fármacos: los califican de “neurosexistas” que producen “ciencia populista”. Cuestionan el principio mismo de estudiar a las mujeres como tales. Si un investigador las utiliza para pruebas, es un abuso que “claramente refleja y refuerza la imposición de definiciones masculinas sobre la realidad femenina”. Por fortuna la comunidad científica, de ambos sexos, empieza a reaccionar contra la charlatanería que perjudica a las mujeres, a veces fatalmente. Presidida por una farmacóloga, la “Organización para el Estudio de las Diferencias Sexuales”, con revista catalogada, reconoce que “el sexo tiene efectos profundos en la fisiología y la susceptibilidad a las enfermedades”. Por fin el oscurantismo de género tendrá contrapeso feminista riguroso.

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