Por: Héctor Abad Faciolince

La enfermedad en público

Hay una frase de un novelista menor, L.P. Hartley, que se ha vuelto proverbial en inglés gracias a un guión cinematográfico de Harold Pinter: “The past is a foreign country: they do things differently there.” El pasado es un país extranjero: allá las cosas se hacen de otro modo. Esta frase, tan cierta, siempre me ha hecho pensar en algo que hace muy bonita e interesante la convivencia entre abuelos y nietos: la comparación entre el mundo técnico y las costumbres culturales de la infancia lejana de los mayores y la niñez actual de los menores. De alguna manera, hablar con los ancianos es una clase de historia científica y social.

Con la aceleración de los avances científicos y de los cambios sociales, la misma conversación se ha vuelto igual de fascinante con los padres y hasta con los hermanos mayores. Mi abuela, por ejemplo, nació en un mundo sin electricidad y para ella no había invento que más la hubiera fascinado y favorecido que la lavadora eléctrica de ropa. Como no había costumbre de que los hombres lavaran, la lavadora fue uno de los avances técnicos que más favorecieron la liberación femenina. Mi madre, para seguir hablando de liberación, nació en un mundo en el que era normal que las mujeres tuvieran diez embarazos (ella los tuvo). La píldora anticonceptiva tiene casi 60 años, lo cual quiere decir que el baby-boom de los años 60 fue el último gran estertor de una sociedad sin métodos químicos para prevenir los nacimientos. Sin este invento los seres humanos no cabríamos sobre la tierra o ya nos habríamos extinguido por sobreabundancia o por catástrofes ambientales.

Hoy es posible que una hermana mayor haya nacido y crecido en un mundo sin teléfonos celulares, sin internet, sin Wikipedia y sin Google, lo cual es casi inconcebible para un hermano menor sumergido casi desde la cuna en Facebook, en Tinder o en Instagram. A veces no es ni siquiera necesario conversar con nadie, sino con uno mismo: el mundo de mi infancia y adolescencia no se parece en nada al mundo de hoy. Y no lo digo solamente por los cambios técnicos (de la hélice a la turbina, de la máquina de escribir al computador personal) sino también, y sobre todo, por los cambios culturales.
Cuando yo tenía 15 años solo personas de mente muy abierta -que son siempre tan escasas- admitían la homosexualidad como una variación humana frecuente y por lo tanto normal y respetable. Hoy en día solo los más bárbaros -un poco más numerosos que los de mente abierta- se oponen abiertamente a este tipo de relaciones.

Esta semana me ha sorprendido una vez más el hecho de que una enfermedad -algo tan íntimo- sea objeto de discusión y escrutinio público. Un gran ministro de salud -de los mejores que yo recuerde, así sea de los más castigados por las encuestas- divulgó los detalles de su propia enfermedad, una de las muchas variedades del cáncer, algo que en mi infancia no se mencionaba con su nombre ni siquiera en privado. No digamos ya en los periódicos, que si mucho se referían a “una penosa enfermedad”. Tal vez hoy en día se hable del cáncer más abiertamente, precisamente por los avances de la medicina. No hace muchos decenios era frecuente que los enfermos de cáncer (y todavía hoy hay casos así) murieran entre deformaciones aterradoras a la vista, dolores y malestares sin nombre e incluso mal olor. Hoy, por fortuna, casi nunca es así, y esta misma historia de la enfermedad podemos aprenderla en conversaciones familiares.

En una honda entrada en su blog, el ministro Gaviria, que además de experto en salud y economista es un escritor agudo, polémico y muy inteligente, nos ha contado la entereza y el espíritu con que está encarando su enfermedad. En un mundo tantas veces pesimista, le deseo a él el mayor optimismo para emprender esta batalla que, gracias a la ciencia médica y al hermoso tiempo presente que vivimos, podrá ganar. Y que también el viejo, el intemporal ánimo para enfrentarla, le acaben de ayudar. Sí, el ánimo: mucho ánimo.
 

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