Por: Ignacio Mantilla

La Escuela de Artes de la Universidad Nacional y sus vicisitudes históricas

Por estos días en que, con mesura pero sin falsa modestia, celebramos entusiasmados el sesquicentenario de la Universidad Nacional de Colombia, hemos vuelto una y otra vez a las fecundas raíces del proyecto educativo y científico que nació para dejar atrás el dominio de las instituciones coloniales y hoy se empeña de manera decidida en contribuir a la solución de los problemas del país.

Como ya se ha dicho en otros espacios, al momento de su fundación, en 1867, seis grandes escuelas constituyeron el cuerpo de la Universidad Nacional de los Estados Unidos de Colombia: las escuelas de Literatura y Filosofía, Medicina, Derecho, Ciencias Naturales, Ingeniería, y Artes y Oficios. En conjunto resultaron ser las unidades integrales que abarcaron las diversas formas y ramas del conocimiento.

Para reconocer y difundir el importante papel formativo de cada escuela, he venido exponiendo por este medio los relatos que se tejen en las historias de su origen, tratando de transmitir al lector las transformaciones que en 150 años ha vivido la universidad pública más importante del país. En esta oportunidad abordaré la creación de la Escuela de Artes y Oficios, una iniciativa de conocimiento práctico que tan sólo sobrevivió nueve años y fracasó como muchas otras en las que había más interés que apoyo gubernamental, dejando un profundo vacío en la formación del capital humano necesario para una sólida industria capitalina, pero que constituye el origen de las actuales Escuela de Arquitectura y Facultad de Artes de Bogotá.

La Escuela de Artes y Oficios nació de la mano de la Universidad Nacional, con la Ley del 22 de septiembre de 1867, pero como bien lo señala la historiadora Estella María Córdoba, la falta de presupuesto y talleres adecuados impidió que entrara en funcionamiento durante sus primeros años. Aunque tuvo todo el apoyo de personalidades como los rectores Manuel Ancízar y Jacobo Sánchez desde su fundación, “fueron necesarios siete años de lucha para conseguir del Congreso de la República la aprobación de los estatutos y presupuesto necesarios, y para que la Escuela de Artes y Oficios iniciara la enseñanza teórico-práctica y capacitara a los artesanos, para que estuvieran en condiciones menos desfavorables frente a las políticas de libre comercio reinantes en el país” (sic).

Bajo el decreto 571 de 1874 se organizó la Escuela de Artes y Oficios y se estableció la contratación en Europa de un ingeniero mecánico y la compra de los elementos requeridos en los talleres. Además, se fijó la estructura de los programas a impartir y sus modalidades: conferencias populares nocturnas e instrucción profesional. Esta última modalidad tenía una duración de cuatro años y comprendía las clases de matemáticas, ciencias naturales, dibujo, historia patria y universal, ejercicios gramaticales y música instrumental y vocal. En el mismo decreto se pedía organizar un lugar en la Casa de la Moneda para los talleres de Mecánica y de Herrería.

En sus investigaciones sobre el campo artístico colombiano, el profesor William Vásquez ubica en la falta de apoyo de los sectores más acomodados de la ciudad el ocaso de la Escuela de Artes y Oficios en 1876. “Esta sociedad se mostró más proclive a una economía agraria, de provisión de alimentos y de minería, que a una de invención técnica y de producción industrial”, afirma el investigador.

El gremio de los artesanos fue el que sin duda resultó más afectado por este fracaso, sintiéndose falto de herramientas para hacer frente a las medidas de libre comercio adoptadas por los liberales radicales. Un traspié más para el sector que desde la década del 50 del siglo XIX, como lo ponen de manifiesto los historiadores Marco Palacios y Frank Safford en su libro Colombia: país fragmentado, sociedad divida, había librado varias refriegas callejeras enfrentándose a los sectores más acomodados y al Congreso para pedir mayor apoyo a su labor.

Craso error fue la falta de apoyo al trabajo manual cuando estuvo sustentada en el falso antagonismo entre la tarea práctica y el trabajo intelectual. Recordemos una frase reveladora del sociólogo Richard Sennett, tomada de su libro El artesano: “Hacer es pensar”.

A la Escuela de Artes y Oficios y sus esfuerzos por la difusión de las técnicas del dibujo, aunque con propósitos muy diferentes, la sucedería la creación en 1886 de la Escuela de Bellas Artes en el interior de la Universidad Nacional, bajo el impulso del general Alberto Urdaneta. En esta institución se consolidaría la enseñanza de forma profesional de técnicas artísticas como la escultura, la ornamentación y el grabado en madera, entre otras.

Todos estos conocimientos se mantendrían vivos posteriormente en la Facultad de Arquitectura y Bellas Artes que se erigiría con la reforma de Alfonso López Pumarejo en la década del 30 del siglo pasado.

Si bien con su posterior reconfiguración y conversión en Facultad de Artes, en 1965, se alcanzó la estabilidad académica para la transmisión de los conocimientos en esa área, hoy la enseñanza de estos saberes sufre un nuevo y temporal traspié con incidentes que limitan el espacio físico necesario para desplegar toda su capacidad y desarrollar todas sus actividades. Sin embargo, en la actualidad la Facultad de Artes de Bogotá ofrece siete programas de pregrado: Artes plásticas, Arquitectura, Cine y televisión, Diseño gráfico, Diseño industrial, Música y Música instrumental. La formación y especialización en el área se refuerza con diversos programas de posgrado y con las carreras que se ofrecen en las sedes de Medellín, Manizales y Palmira.

La Universidad Nacional, patrimonio de todos los colombianos, ha jugado un papel vital en la difusión de las artes en el país. Y mientras en el mundo resuena el eco de las propuestas del exministro de Educación japonés Hakuban Shimomura de reducir el presupuesto a las artes y las humanidades, desde nuestro claustro educativo, por el contrario, pedimos un mayor fomento para estas áreas, pues comprendemos su importancia en un escenario de posacuerdo y reconciliación.

* Rector, Universidad Nacional de Colombia.

@MantillaIgnacio

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