Por: Jaime Arocha

La generación del destierro

“El pueblo negro no se rinde, ¡carajo!” es más que el aglutinante de los paros que tuvieron lugar en Buenaventura y Quibdó en mayo y junio de 2017. Tiene que ver con la insumisión mediante la cual africanos y africanas subvirtieron la esclavización y su consecuente pérdida de libertad. El mismo espíritu guía la reconstrucción personal y colectiva que ha llevado a cabo la gente negra desterrada de sus territorios originales. Ese reto de rehacerse tomó fuerza desde el decenio de 1990, cuando las afro-Colombias quedaron definitivamente incluidas en los mapas de la guerra. Hoy en día en Buenaventura hijos e hijas del destierro saben muy poco de los conocimientos que atesoraron sus padres y madres para darles vida a los sistemas que combinaban agricultura y minería artesanal del oro en marcos de sostenibilidad ambiental. Sin embargo, no es gente pasiva, conforme lo ha comprobado Ángela Castillo dentro de nuestro grupo de estudios. Son personas que se han educado en las universidades del puerto y vigilan con rigor el cumplimiento de los acuerdos que firmaron representantes del Estado colombiano con el Comité Cívico. Uno de ellos es Leonard Rentería, quien irrumpió en el escenario nacional en septiembre de 2016, cuando interpeló al senador Álvaro Uribe en la intervención que hacía el Centro Democrático a favor del NO en el plebiscito del 2 de octubre. Trabaja con otras doce personas de su generación dentro de la Asociación Rostros Urbanos para consolidar la veeduría de los acuerdos. Batallan contra la corrupción local y regional que pueda afectar el destino final de los recursos convenidos para que haya suministro de agua potable todo el día, un hospital que atienda las necesidades del puerto, mejoras urgentes en la educación y la dignificación del trabajo. Pese a la violencia que los amenaza, hacen pedagogía sobre la firmatrón que intentan llevar a cabo antes del 20 de julio, de modo tal que se puedan presentar ante el Congreso y apoyar con al menos 20.000 firmas la ley que debe ser radicada cuanto antes para materializar los recursos acordados. Entre ellos hay grafiteros, artistas urbanos, reguetoneros y raperos que amplifican el sentido de las acciones críticas y pedagógicas, las cuales además cuentan con apoyo de las universidades del Pacífico y del Valle, de la Pastoral Social y la Iglesia, cuyo obispo Héctor Epalza desenemascaró a los grupos paramilitares responsables de las llamadas casas de pique e impulsó los reclamos de la movilización de 2014, que dio lugar al programa Todos Somos Pazcífico y cuyo incumplimiento incentivó el paro de mayo.

La posible responsabilidad vigilante de la generación del destierro también deberá oponerse al que el historiador Santiago Arboleda llama “Estado etnofágico”, o devorador de pueblos étnicos. Lo encarna la condena oficial a “… la consulta previa y el consentimiento informado [como] embelecos [que estorban un] modelo de desarrollo [que incluye el] “Plan Máster 2050, coordinado por la Presidencia de la República, y que —bajo el eufemismo de “reubicación”— [en Buenaventura] está expulsando de la isla a la población hacia la zona continental”.

Alcanzado el logro del siglo con la entrega de las armas de las Farc-EP, con seguridad la Asociación Rostros Urbanos le exigirá al presidente Juan Manuel Santos ser consecuente con su reconocida búsqueda de la paz y eliminar del Estado su naturaleza etnofágica, para asumir la contraria.

* Miembro fundador, Grupo de Estudios Afrocolombianos, Universidad Nacional.

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